jueves, 8 de enero de 2026

Bienvenido a Valmorga

Tomás no se perdió por una carretera equivocada, sino por una hora equivocada.

El navegador del vehículo llevaba un buen rato haciendo lo que hacen los aparatos cuando detectan que la realidad no encaja en sus cálculos: callarse. La pantalla mostraba su coche como un punto quieto sobre una nada gris. La radio alternaba voces distantes con una estática que, a ciertas horas, parecía respirar.

A las once y pico, la carretera se abrió en dos sin anuncio previo. La señal del desvío, iluminada por los faros, tenía el azul gastado de los pueblos pequeños y una tipografía que no se usa ya, como si perteneciera a otra época.

VALMORGA.

Debajo, alguien había añadido con pintura negra:

“HASTA EL AMANECER.”

Tomás frenó lo justo para leerse la frase dos veces. No le gustó. No por lo que decía, sino por la precisión de la promesa, como si el pueblo fuese un lugar con horario, una franja de realidad que sólo ocurría entre dos puntos del reloj.

El depósito estaba bajo y el orgullo no llenaba el tanque. Giró.

El desvío no tardó en tragarse el mundo. Los árboles se cerraron sobre el asfalto. Las cunetas se hicieron profundas, como zanjas. El cielo quedó reducido a una banda oscura encima del parabrisas.

Y entonces, como si alguien hubiera encendido un decorado, aparecieron las primeras casas.

No eran ruinas. Era un pueblo completo: farolas encendidas, ventanas con luz cálida, una plaza con una fuente cuyo agua caía con un ritmo obstinado. Todo estaba demasiado… listo. Demasiado presente.

Aparcó junto a la plaza y apagó el motor. Enseguida notó algo extraño: el aire tenía una densidad particular, como si dentro del pueblo las cosas pesaran un poco más. Como si el silencio, incluso, tuviera bordes.

Un hombre cruzó la plaza con paso tranquilo. Chaqueta oscura, manos en los bolsillos. Sonrió sin sorpresa.

—Buenas noches. ¿Se ha perdido?

Tomás asintió, y el gesto le pareció una rendición.

—El GPS del vehículo… se ha quedado muerto.

—Aquí eso pasa —dijo el hombre, con naturalidad—. Pase. Hay sopa caliente.

Se presentó como Julián. Lo condujo al bar de la esquina, Casa Ventura. Dentro, tres o cuatro mesas ocupadas, un televisor sin sonido, y una mujer detrás de la barra colocando vasos con precisión, como si el orden fuese parte del ritual.

—Al de fuera póngale de cenar —dijo Julián.

La mujer le sonrió a Tomás como si lo conociera.

—¿Sopa? ¿Tortilla?

Tomás eligió sopa. En la primera cucharada notó un sabor doméstico, reconfortante. Y, debajo, una nota metálica muy leve, como la que deja el agua de un pozo.

Las conversaciones eran normales si se escuchaban por encima; inquietantes si se atendía a las palabras exactas.

—Hoy ha tardado en cerrar —dijo alguien.

—La luna viene clara, eso estira —respondió otro.

—Mientras no se quede nadie fuera… —añadió una tercera voz, y se calló de golpe.

Julián se inclinó hacia Tomás, bajó la voz. Esta vez no sonó misterioso; sonó serio.

—Aquí lo difícil no es llegar —dijo—. Es decidir qué hace uno mientras es de noche: si se queda… o si sigue.

Tomás dejó la cuchara.

—¿Seguir? ¿Hacia dónde?

Julián miró un instante hacia la puerta, no como quien teme que entre alguien, sino como quien teme que salga alguien.

—Hacia donde no debería ir sin querer —dijo—. Si se queda, está a salvo hasta el amanecer. Si sigue… no puedo prometerle nada.

No hubo dramatismo en la frase. Lo que la hizo pesada fue que parecía una norma vieja, anterior a Julián, anterior al bar, anterior incluso al propio pueblo.

—¿Y por qué me lo dice así?

Julián se encogió de hombros.

—Porque usted ha llegado. Y cuando alguien llega, tiene derecho a elegir.

Le ofrecieron una habitación en la pensión junto a la iglesia. La mujer de la recepción le entregó una llave grande y antigua con una etiqueta de cartón: Nº 3.

—Cuando empiece a clarear —dijo, sin mirarlo demasiado— no abra la ventana. Y no salga.

—¿Es peligroso el amanecer?

—No. El amanecer es… el final —respondió ella—. El pueblo se apaga. Lo demás, ya no.

Tomás subió con el cansancio pegado al cuerpo. En la mesilla había un reloj parado en 2:12. Afuera, la fuente seguía sonando, como si marcara el tiempo verdadero de Valmorga.

Se durmió.

Soñó con señales que cambiaban de nombre cuando uno parpadeaba. Con carreteras que se estiraban como piel. Con una puerta en mitad de la noche que sólo pedía una cosa: movimiento.

Lo despertó un silencio absoluto.

No el silencio normal del alba, sino un corte, como si alguien hubiera apagado el sonido con un interruptor.

Abrió los ojos.

No estaba en la habitación.

Estaba tumbado en mitad de una carretera desierta, con el cielo pálido encima y el frío del asfalto subiéndosele por la espalda. Su coche estaba en el arcén, cubierto por una película de polvo fino, como si hubiera pasado allí demasiado tiempo.

Se incorporó con torpeza, desorientado. Miró alrededor: un campo seco, el horizonte limpio. No había casas. No había plaza. No había fuente.

En la cuneta, a unos metros, yacía un cartel oxidado, caído como un animal viejo. Tomás se acercó y lo enderezó con esfuerzo. El metal chirrió.

VALMORGA.

En la parte inferior, remachada con tornillos, una placa metálica pequeña decía:

“Desaparecido el 14 de enero de 1976.”

Tomás sintió que algo dentro se desplazaba, como si su mente intentara recolocar piezas que no encajaban. Cincuenta años. Un número imposible para una sopa de hacía unas horas.

Dio la vuelta al cartel.

En el reverso, letras grabadas con punzón, toscas:

“SI CONTINÚAS, TEN CUIDADO.”

Debajo, más pequeño, como añadido después:

“TE DEVUELVE.”

Tomás se quedó inmóvil. Miró la carretera recta. Miró el coche. Miró la placa otra vez, como si las letras pudieran cambiar si insistía lo suficiente.

En el asiento del copiloto vio una servilleta doblada. La abrió.

“Gracias por quedarte.”
“Estuviste a salvo.”

Debajo, una frase más apretada:

“Si alguna vez continúas, no pares.”

Tomás volvió a sentarse al volante. El reloj del coche marcaba extrañamente las 2:12.

No avanzaba.

El motor del coche arrancó a la primera, obediente. Tomás condujo en dirección contraria a la que creía haber venido. Quería una gasolinera, una carretera principal, un lugar con luz de día que le devolviera la lógica.

Pero cuanto más conducía, más se le parecía todo. El mismo tramo de asfalto, la misma curva suave, el mismo poste reflectante inclinado.

Y, a los pocos minutos, como si la carretera fuera un circuito cerrado, apareció de nuevo el desvío.

El cartel azul.

VALMORGA.
“HASTA EL AMANECER.”

Tomás frenó y respiró hondo.

Había un bucle. Una devolución. Una manera de corregir el desvío… o de insistir en él.

Esa noche —porque la noche siempre volvía a su pesar—, la escena se repitió casi con exactitud: la radio con estática, el navegador en silencio, el desvío con el azul gastado.

Y Tomás, otra vez, con la elección delante.

Esta vez no entró en le pueblo.

Mantuvo la velocidad.

No se detuvo. No apagó el motor. No miró el cartel más de lo necesario.

Pasó de largo.

Al principio no ocurrió nada. Sólo la carretera, la noche, el zumbido del motor.

Luego, la estática de la radio cambió. Ya no era ruido: era un murmullo, como si muchas voces hablaran a la vez desde una habitación cerrada. Los reflectantes de las cunetas empezaron a aparecer en pares demasiado simétricos, como ojos alineados. La línea blanca central, por un instante, le pareció dibujada a mano: temblorosa, imperfecta.

Tomás apretó el volante. Notó, sin querer, que el coche tendía a bajar una marcha, como si el propio motor dudara. Como si algo, en la noche, invitara a frenar.

Entonces lo vio.

A la derecha, entre los árboles, una forma demasiado alta para ser un animal y demasiado quieta para ser una persona. No se movía como un cuerpo.

Tomás no frenó.

Más adelante, el arcén se iluminó un segundo con una luz que no venía del coche. Una luz baja, como de farola… pero no había farolas en aquel tramo. Y en esa luz se intuyeron sombras que no correspondían a criaturas conocidas,  como si pertenecieran a otro mundo.

El murmullo de la radio subió un poco. No eran palabras. Eran ritmos. Respiraciones. Una sincronía que le erizó la piel.

Tomás sintió ganas de mirar por el retrovisor. De comprobar que el desvío había quedado atrás. De asegurarse de que el mundo seguía siendo el suyo.

Recordó la servilleta: “Si alguna vez continúas, no pares.”

No miró.

No frenó.

Y la carretera empezó a cambiar de manera casi imperceptible. No con luces extrañas ni con grietas en el cielo. Con detalles: el olor del aire, demasiado dulce; la ausencia de insectos; el hecho de que el sonido del motor parecía apagarse en ciertos tramos como si lo tragara una espuma invisible.

Entonces ocurrió lo peor: la sensación de que el espacio se estaba volviendo más grande por dentro.

Como si el asfalto no llevara a un lugar, sino a una distancia. Como si, cuanto más avanzaba, más se despegaba de todo lo que había sido su ruta, su noche, su mundo.

Vio algo más. O creyó verlo.

Una figura en el margen de la carretera, inmóvil, mirando. No tenía rasgos que pudiera describir. 

Tomás contuvo la respiración, como si respirar fuese una manera de hacer ruido.

Apretó el acelerador.

Y, de pronto, sin transición, volvió el silencio absoluto.

Un corte.

Como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme.

El cielo aclaraba.

Tomás parpadeó y sintió el golpe frío del amanecer.

El coche estaba parado en el arcén de una carretera desierta. Cubierto de polvo fino. El reloj del cuadro de mandos marcaba las 2:12.

En la cuneta, el cartel oxidado yacía caído.

VALMORGA.

En el reverso, las letras grabadas parecían más profundas de lo que recordaba:

“SI CONTINÚAS, TEN CUIDADO.”
“TE DEVUELVE.”

En el asiento del copiloto, una nueva servilleta, doblada con cuidado.

Tomás la abrió con manos temblorosas.

“Te lo dijimos.”
“No todos vuelven.”

Debajo, una última frase, apenas un rastro de tinta:

“La próxima vez, quizá no te encuentre la carretera.”

Tomás miró la línea recta delante de él. El día era claro. El campo, seco. Todo normal.

Pero dentro, muy dentro, seguía oyendo la fuente de la plaza, como un reloj que marca la única certeza de Valmorga: que allí, mientras es de noche, uno puede estar a salvo.

Y que el verdadero peligro no es perderse.

Es decidir, en esa franja exacta de tiempo, si uno se queda… o si sigue su camino.

martes, 6 de enero de 2026

La llegada

La primera vez que oí hablar de “La llegada” no fue en un parte del Gobierno ni en una alerta oficial. Fue en Pamplona,  a media mañana, tomándome un café en el Iruñazarra.

—Dicen que han visto “otra cosa” detrás del Sol —murmuraron en un grupo que se había situado a mi lado, como si nombrarlo en voz alta lo trajera más cerca.

Yo sonreí, por reflejo. Llevábamos años viendo  por Netflix, películas que te hablaban de catástrofes y situaciones inverosímiles, en la mayoría de los casos con final feliz. Desde la pandemia del Covid la ciencia ficción se había convertido en un género doméstico superado a menudo por la realidad que nos  tocaba vivir. Y este iba a ser el caso.

1) El primer relato oficial: “como el Atlas”

A finales del otoño anterior, nos habíamos empezado a familiarizar con los cometas: El cometa 3IATLAS había sido  el tercero de esos visitantes interestelares que habían entrado en el Sistema Solar como quien cruza una plaza sin mirar a los lados. Oficialmente, un cometa; tranquilizador, ‘sin amenaza’, ‘pasará lejos’. NASA lo explicó con cifras y distancias, aunque tardaron mucho tiempo en dar explicaciones.

En paralelo, empezó el otro relato: el de quienes se negaban a creer que la rareza fuese solo rareza. Avi Loeb —el mismo científico que ya había agitado el fantasma de lo tecnológico en otros visitantes interestelares— sugería, con su prudencia provocadora, que convenía tomar en serio la posibilidad de que fuese un artefacto, una sonda. No ‘hombrecitos verdes’, sino ingeniería disfrazada de naturaleza.

Lo terrible, pensé después, es que quizás el 3I/ATLAS fue eso: el reconocimiento previo, el escaneo desde la distancia. Y que la humanidad, en su soberbia confundió el prólogo con el episodio completo

Por eso, cuando en los telediarios aparecieron de nuevo gráficos, un objeto designado con letras y números, y expertos con voz de algodón diciendo “probablemente” y “sin riesgo”, la gente aceptó el guión. Los gobiernos repitieron el mismo gesto: lenguaje técnico, sonrisa calibrada, y una frase que en la calle se tradujo como: 

—Nada, hombre. Como el último cometa.

Lo que nos ocultaron —y esto lo supe después, cuando ya era imposible seguir fingiendo— es que no venía “de frente” como te lo enseñan en las películas. Apareció de repente detrás del Sol, en una trayectoria geométrica imposible para nuestros telescopios habituales, y la primera lectura incluso hablaba de ruta de colisión. La parte “detrás del Sol” era el escondite perfecto: el ángulo muerto natural del planeta. No lo dijeron para evitar el pánico. O, si uno se pone cínico, para evitar el caos de los mercados, la ruptura del orden, la estampida. Y, durante unos días, funcionó.

2) El astrónomo aficionado y la filtración por goteo

La verdad no la destapó un Estado, ni una agencia espacial, ni un comité de seguridad. La destapó un aficionado con paciencia y un equipo montado en una terraza; uno de esos perfiles que parecen inofensivos hasta que te das cuenta de que llevan años mirando donde nadie mira.

No fue una gran revelación a lo Hollywood. Fue un goteo: una gráfica comparada, una corrección de órbita, un “esto no cuadra”, luego un segundo aficionado confirmando, y al tercer día una cuenta anónima subiendo capturas con sello de un observatorio menor. Los medios convencionales lo llamaron “desinformación” hasta que empezaron a llamarlo “hipótesis”. Y cuando lo llamaron “hipótesis”, ya era tarde: la palabra había llegado a la calle.

En el Casco Antiguo la noticia se propagó como se propagan aquí las cosas: de barra en barra, de portal en portal, en una conversación que empieza con San Fermín y acaba en el fin del mundo sin que nadie sepa en qué curva cambió el tema. 

En la calle Estafeta, un camarero resumió:

—Nos han criado con invasiones. Y al final va a ser una piedra.

3) No era como nos enseñaban: ni hombrecitos verdes, ni nave

El objeto no era una nave estilizada ni un platillo. Era un artefacto rocoso, opaco, irregular. Un fragmento oscuro que, al principio, algunos confundieron con “otro cometa”, por pura necesidad psicológica de encajarlo en un cajón conocido. Pero cuando terminó la fase de negación, lo que quedó fue más inquietante: que algo con aspecto de roca pudiera ser inteligente.

Se colocó en órbita terrestre —una órbita media, estable— y entonces supimos el dato que me persigue todavía: medía alrededor de diez kilómetros.

Diez kilómetros.  Desde la Vuelta del Castillo, mirando un cielo sin nada a simple vista, entendí que el tamaño no era una cifra: era un cambio de escala. De pronto, nuestra historia era la historia de un barrio en las afueras de la galaxia.

4) Los Estados: guerra afuera, guerra adentro, y de pronto una amenaza común

Durante el último año habíamos visto el mundo atrapado en una espiral de viejos y nuevos conflictos como un mecanismo oxidado a punto de romperse:

Ucrania seguía siendo una herida abierta, con continuas ofensivas rusas y ataques a sus infraestructuras en una guerra interminable,  con una diplomacia que se movía a golpes, con reuniones y “planes” que no conducían  a nada concreto. Incluso en estos días se hablaba de nuevas rondas de contactos.

En Oriente Próximo, la paz era tan frágil como la había sido los últimos meses. 

El presidente americano seguía con su impredecible comportamiento, y recuperaba la doctrina Monroe, actuando  ora en el cono sur, ora en Centroamérica, ora en Groenlandia

Y en Asia, el estrecho de Taiwán y el Mar de China Meridional se habían convertido en un escenario de ejercicios, advertencias y “líneas” que cada año parecían moverse un poco más. A primeros  de 2026 había simulaciones de bloqueo y una escalada de presión sostenida.

Lo impresionante no fue que existieran esos conflictos —ya vivíamos anestesiados—, sino cómo, en cuanto el artefacto entró en la conversación de los gobiernos,  los conflictos y las guerras empezaron a parecer pequeñas. No porque lo fueran, sino porque quedaban subordinadas.

Vi en directo —en el ordenador, en el móvil, en la televisión— cómo se intentaba fabricar un nuevo relato: enemigos de ayer compareciendo juntos, banderas que compartían atril, portavoces hablando de “coordinación” y “defensa planetaria”. A su manera, era el primer alto el fuego real: no el que se firma, sino el que se impone por miedo.

5) Los intentos de comunicación y el silencio

Lo más duro fue lo torpe que resultamos ante algo que no necesitaba parecerse a nosotros. Enviamos señales matemáticas, secuencias, patrones, música, saludos en cien idiomas. Vi cómo resucitaban la operativa de La llegada de Villeneuve: la esperanza de que el lenguaje fuera un puente, no un campo minado.

Pero el artefacto no respondió.

Lo más inquietante no era que no contestaran; era que, si aquello era un reconocimiento, su éxito dependía precisamente de no contestar.

Y lo peor es que, con cada día de silencio, nuestra imaginación —que siempre se cree protagonista— empezó a llenarlo todo con intenciones humanas: “nos estudian”, “esperan”, “amenazan”, “se burlan”. La falta de respuesta no nos daba tranquilidad; nos daba espacio para el pánico.

6) El impacto mediático: no había otro tema

Pamplona, que es una ciudad acostumbrada a que el mundo venga a mirarla una semana al año y se vaya después, se vio de pronto al revés: nosotros mirando al mundo como un animal que percibe un crujido en el monte.

Los medios de comunicación entraron en un estado de emisión permanente. Se cancelaron parrillas. Analistas reciclados. Militares en platós. Astrofísicos explicando con dibujos de primaria. Influencers haciendo directos llorando. El problema no era la información, sino su ruido: nadie quería ser el último en hablar, y a la vez nadie sabía qué decir.

Las autoridades intentaron gestionar el miedo como se gestiona una inundación: diques, mensajes, psicólogos, “mantengan la calma”. Y la gente, que es más lista de lo que parece cuando le hablan desde arriba, se organizó por su cuenta: acopio discreto, llamadas a familiares, grupos de vecinos, una solidaridad práctica mezclada con algo de paranoia.

En el barrio, una señora del segundo repitió una frase que me pareció perfecta:

—Nos han enseñado a temer al monstruo. Pero no a temer al silencio.

7) El pulso electromagnético: el ensayo general del colapso

El primer golpe real no fue físico. Fue un pulso electromagnético.

No sé si fue intencionado o un subproducto de su actividad. Solo sé lo que se sintió aquí: la ciudad apagándose por capas. Primero datos. Luego llamadas. Después pantallas. Un silencio denso, como si alguien hubiese puesto algodón en el aire. Los semáforos titilaron y murieron. En algunos portales, las puertas automáticas se quedaron a medio cerrar, como si también ellas dudaran.

Duró poco, apenas unos minutos, “temporalmente”, dijeron luego. Pero bastó.

Bastó para que entendiéramos algo que ninguna serie te enseña bien: la indefensión no es que te falte un arma, es que te falte la coordinación. En cuanto la comunicación se fractura, el mundo moderno se convierte en una suma de islas asustadas.

Esa noche vi a un chaval en la Plaza del Castillo con una radio vieja de pilas, girando la rueda como quien invoca un dios menor. Y pensé: así empieza todo lo importante, con alguien buscando una señal. Y recordé el apagón que sufrimos en España en abril del año anterior.

8) La gran decisión: ¿atacar o no atacar?

Antes del apagón —esto se supo después, cuando se filtraron actas y se desclasificaron migajas— los ejércitos de medio mundo habían entrado en alerta, y no por postureo. Porque cuando tienes algo de diez kilómetros encima, lo nuclear deja de parecer una exageración y se convierte en una tentación.

En los debates, la pregunta era obscena por su simplicidad: ¿atacar o no atacar?. Había cuatro escenarios: 1ª. Si atacamos y era hostil, quizá ganamos tiempo. 2ª. Si atacamos y era neutral o incomprensible, quizá provocamos nuestra sentencia. 3ª. Si no atacamos y era hostil, quizá solo estamos esperando el golpe. 4ª. Si no atacamos y era neutral, quizá demostramos que somos capaces de no disparar primero.

Nunca vi tan claro el pánico de los Estados: estaban acostumbrados a enemigos “legibles”. Este no lo era. Y lo ilegible produce decisiones brutales.

Ahí reapareció, como una superstición intelectual, la idea del bosque oscuro: la hipótesis de que en el cosmos sobrevives si no te anuncias, si no pareces presa, si actúas como cazador antes de que te cacen. No porque seas malo, sino porque crees que el otro, si puede, lo será.

Pero entonces me golpeó otra duda, más simple y más amarga: si los humanos somos capaces de matarnos entre nosotros por banderas, fronteras y relatos, ¿qué impresión daríamos a una inteligencia que nos observa? Quizá la pregunta no era qué venían a hacer, sino qué merecemos que hagan.

9) Iluminados, sectas y el derrumbe del “extraterrestre benevolente”

Como siempre, apareció la necesidad de convertir el miedo en religión. Surgieron sectas con nombres que parecían títulos de series: “la Iglesia del Último Día”, “los Anunciadores”. Gente que adoraba el artefacto como si fuera un juicio moral, un castigo por “los pecados cometidos”, una limpieza necesaria. Lo más triste no era su fe. Era su alivio.

Para algunos, entregarse a una voluntad superior resultaba más soportable que asumir que quizá no hay voluntad, que quizá solo hay una presencia indiferente, como un meteorito con conciencia. El viejo consuelo del extraterrestre sabio y benevolente se vino abajo: la inteligencia no implica empatía. Y la distancia cósmica no garantiza ninguna forma de compasión.

10) Lo que empezó a importar de verdad

En Pamplona, lejos de los centros de mando, lo extraordinario se filtró en lo cotidiano: ¿llevo efectivo? ¿tengo linterna? ¿quién necesita ayuda en el bloque? ¿cómo quedamos si cae otra vez la red? Vi a gente reconciliarse por cansancio y por lucidez. Vi a otros volverse más crueles, como si la amenaza les diera permiso. Como en la pandemia, "la llegada" no nos había hecho mejores personas.

Y, por primera vez en años, las guerras del mundo —esas que llenaban titulares— quedaron desplazadas por una idea simple: podemos tener un enemigo común, y aun así no estar unidos. Porque la unidad verdadera no se decreta; se practica. Y nosotros, como especie, la verdad practicamos poco.

Los analistas decían que 2026 sería un año de conflictos persistentes, con frentes que no se apagarían solos y con tensiones que se desplazarían de escenario, no  desapareciendo. Yo pensé, a partir de este momento, algo más doméstico: que quizá el gran conflicto de 2026 sería interno, civilizatorio, una discusión sobre quiénes somos cuando alguien nos mira desde fuera.

11) El final abierto

Una madrugada, semanas después del pulso electromagnético, subí hasta  el monte San Cristobal y miré el cielo. No vi nada. Solo un firmamento igual que siempre, como si el universo se negara a darnos la satisfacción del espectáculo.

En el móvil —cuando volvió— entraban rumores de que el artefacto había cambiado levemente su órbita. Otros decían que había emitido una señal imposible de traducir. Otros, que era una sonda automática y que lo inteligente estaba lejos, esperando nuestra reacción como quien observa si una colonia de hormigas ataca una piedra.

Me acordé de una frase que había leído sobre el bosque oscuro: en el cosmos, toda civilización puede ser un cazador o una presa. Y me pregunté si la decisión no era “atacar o no”, sino algo más íntimo:

¿Qué clase de especie queremos ser antes de que pase lo irreversible?

En la calle, Pamplona seguía sonando a lo de siempre: una persiana subiendo, un camión de reparto, una conversación de vecinos, una risa breve. Y, sin embargo, por debajo de esos ruidos, había un silencio nuevo: el silencio de saber que nuestra historia ya no se contaría  solo en la Tierra.

Y ahí, en ese borde, lo único cierto era esto:

No teníamos respuesta. No sabíamos si venían en paz, en guerra, o en una categoría que ni siquiera hemos inventado. Y el artefacto, enorme e invisible a simple vista, seguía ahí arriba… como si esperara.

domingo, 4 de enero de 2026

La nevadona y el pastor de dos pieles

La nevadona llegó a Tierra de Campos como llegan las cosas grandes: primero con un silencio raro y luego con una certeza que no deja lugar para ninguna otra.

En Fuentes de Nava, febrero de 1888 había empezado seco, con heladas finas que dejaban la tierra dura como pan viejo. Pero el día 14, San Valentín, el cielo se cerró de golpe al norte y empezó a nevar con una textura distinta a la de otras veces: nieve espesa, pesada, que no caía en copos sueltos sino en una cortina continua que parecía no tener fondo. Aquel temporal, y otros que se encadenaron durante semanas hasta comienzos de marzo, incomunicaron la meseta, borraron caminos y mataron ganado en muchas comarcas del norte y del interior.

El primer día aún hubo bromas.

—Esto no es nada —decía el tío Quiterio en la puerta del bar de Rosa—. Mañana escampa.

Pero al tercer día ya nadie bromeaba. La nieve había tapado las cunetas, había levantado paredes blancas contra las tapias y se había comido la raya de los caminos. Los palomares redondos, tan altos y seguros en verano, parecían ahora cascos de barcos hundidos en una mar inmóvil. La laguna —el Mar de Campos, como la llamaban los viejos— se adivinaba bajo un manto sin orillas, y el viento, cuando empezó a soplar, levantó remolinos que cegaban los ojos y te dejaban los pensamientos helados.

La gente se encerró como pudo. Se hacían turnos para abrir paso a golpes de pala entre una casa y otra. Los hombres más fuertes salían de madrugada a buscar leña o a rescatar animales atrapados en los corrales. Las mujeres racionaban el pan y calentaban sopas con lo que quedaba. La iglesia tocaba a oración, pero también a aviso: aquello no era una nevada cualquiera.

En las afueras del pueblo, Águeda y su hijo Santos tenían unas ciento cincuenta ovejas. Viuda desde hacía dos años, Águeda había aprendido a llevar la hacienda con manos de piedra y cabeza fría. Santos tenía dieciocho, era alto y delgado, y llevaba el campo metido en los huesos. Aquella nevada les cogió con la paridera a medias y el redil lleno.

—No salgas al raso ni aunque oigas aullar el infierno —le dijo Águeda el segundo día, cuando el blanco era ya un muro.

—¿Y las ovejas? —protestó él—. Si no limpio el tejado, se hunde.

—Te acompaño yo. Pero no te me separes.

Salieron juntos con el amanecer en el lomo. El frío mordía como si tuviera dientes. Santos abría huella con una pala grande; Águeda iba detrás con un haz de cuerdas y un candil tapado, porque la luz atrae a las cosas que no tienen casa.

Llegaron al aprisco. El techo de ramaje se abombaba bajo la nieve. Entre los balidos sonaba algún golpe de pezuña contra la madera. Lo primero fue quitar peso. Trabajaron una hora larga, el sudor volviéndose hielo en la espalda.

Cuando acabaron, Santos vio el rastro.

—Madre.

Ella se acercó. En el borde del redil, donde antes había un portillo, había huellas grandes, redondas, hondas. No de oveja. No de perro doméstico. Eran huellas de lobo, pero de lobo enorme, como si la tierra se hubiera abierto para dejarlo pasar.

Águeda apretó la mandíbula.

—Han bajado del monte.

Santos no dijo nada. En Tierra de Campos no hay montes, pero hay inviernos que inventan distancias. Cuando el hambre te guía, cualquier alto es sierra y cualquier sombra es bosque.

En los días siguientes los lobos empezaron a rondar. No se les veía, pero se los oía: aullidos lejanos que el viento traía desde la blancura. Los perros del pueblo respondían desde las tenadas, tensos en las cadenas. Las ovejas se arracimaban como si tuvieran un presentimiento que los humanos no alcanzaban.

La cuarta noche una oveja desapareció.

Estaba allí al cierre. A la mañana siguiente, no. No había rastro de sangre ni pelo. Solo un hueco limpio en la nieve y una línea de huellas que se perdía hacia la laguna.

—La han llevado viva —dijo Santos.

Águeda no contestó. Se santiguó por costumbre, pero con una rabia sorda. Si los lobos venían, el invierno sería doble.

La quinta noche desaparecieron tres.

La sexta, siete.

Y el aullido cambió. Ya no sonaba como de lobo de manada, sino como de algo solitario. Un lamento grueso, casi humano, que subía desde la llanura como si la nevada tuviera garganta.

En el pueblo empezó el miedo de verdad. No el miedo a la nieve —que era grande, sí, pero era cosa de Dios—; el miedo a lo que la nieve traía a ras de suelo.

En la casa de los Castro, a la salida hacia Castromocho, faltó el niño pequeño al amanecer. Había salido con el padre a buscar un saco de harina a casa del cuñado y nunca volvieron a encontrarlos. Más tarde supieron que un grupo de hombres que intentaba cruzar hacia Paredes se perdió y murió enterrado en la ventisca. Era lo que pasaba aquellos días: la nieve no solo tapaba caminos, también se tragaba gente.

Pero a Fuentes le quedaba otro miedo, más bajo y más pegajoso.

La séptima noche, Santos se despertó con los perros ladrando como locos.

Se asomó a la ventana de la casa. La luna apenas podía contra el cielo lechoso. Vio movimiento junto al aprisco: una sombra grande, encorvada, que iba y venía sin prisa. No era animal a cuatro patas. Caminaba erguida, pero no como un hombre.

Santos sintió el mismo frío de fuera subirle por dentro.

Cogió la escopeta de su padre. Águeda ya estaba en pie, con un candil en la mano.

—Te dije que no salieras solo.

—No voy solo.

Salieron los dos. La nieve les llegaba a media pierna. El aire olía a pelo mojado y a hierro.

Cuando estaban a veinte pasos del aprisco, la sombra se volvió hacia ellos. Y Santos vio, a la luz del candil, una cara que no sabía nombrar: hocico largo, orejas altas, ojos amarillos. El cuerpo era de hombre grande con la espalda vencida, pero los brazos terminaban en garras. Llevaba algo colgando de una muñeca: un jirón de lana.

Santos apuntó sin pensarlo.

—¡Eh!

La criatura no retrocedió. Dio un paso hacia ellos, lento. En sus ojos había hambre, sí, pero también otra cosa que parecía pena vieja.

Águeda puso el candil en alto.

—No dispares —susurró.

—¿Madre…?

—No dispares todavía.

La criatura olfateó el aire. Emitió un gruñido bajo, como si quisiera hablar y no pudiera. Luego, de golpe, se volvió y se perdió hacia la laguna con una velocidad imposible, dejando un rastro de huellas profundas que no eran del todo de lobo ni del todo de hombre.

Santos se quedó temblando, no de frío.

—¿Qué era eso?

Águeda miró la blancura a lo lejos.

—Lo que el hambre hace cuando no encuentra carne bastante —dijo, y la voz le salió más vieja de lo que era—. Lo que la nieve desata.

No añadió más. Pero Santos recordó entonces algo que había oído de niño: historias de un pastor de Mazuecos de Valdeginate que hacía décadas desapareció una noche de ventisca. Decían que los lobos lo cercaron, que volvió al pueblo distinto, que no dormía dentro, que se iba aullar a las eras en luna llena. La historia acababa siempre con un “bah, cuentos”. Pero aquella noche el “bah” se le quedó a Santos muerto en la boca.

—Tenemos que avisar al pueblo.

—¿Y qué les dices? —replicó Águeda—. ¿Que hay un hombre lobo? Nos van a tomar por locos.

—Pero las ovejas…

Águeda apretó los labios.

—Al pueblo le dices lo de las huellas. Lo demás… lo guardas aquí. Porque si eso es lo que creo, no se mata con pólvora.

Santos quiso protestar, pero no supo cómo.

Volvieron a casa sin hablar. Esa noche no pegaron ojo.


El octavo día de nevadona llegó con calma rara. No nevaba, pero el blanco era tan vasto que daba vértigo. La vida quedaba reducida a lo inmediato: fuego, pan duro, un balido aislado, una tos en la otra habitación.

A media tarde, Santos se ofreció para hacer ronda.

—No puedes —dijo Águeda.

—Si no vigilo, nos quedamos sin ganado.

Águeda lo miró fijo. En su cara había miedo, pero también una decisión hecha de siglos.

—Vale. Pero te llevo algo.

Del arcón sacó una campanilla de bronce pequeña. Era de su abuela.

—¿Esto? —preguntó Santos.

—Dicen que el bronce despierta a quien queda atrapado en piel ajena. Y si no despierta, al menos avisa.

Santos tragó saliva. Se colgó la campanilla al cinturón, como si fuese un talismán inútil.

—No tardes.

—No tardaré.

Fue al redil con el sol muriéndose. Las ovejas estaban inquietas. Santos se metió dentro, comprobó cierres, echó paja seca, revisó el techo. El silencio de fuera era una cosa viva, tan espesa que oías la propia sangre.

Cuando ya iba a salir, oyó un gemido detrás del redil.

No era balido. Era voz humana, muy baja.

—…Santos…

Se quedó helado.

—¿Quién anda ahí?

Otro gemido. Más claro.

—…Santos, hijo…

Era la voz de Eutimio, el vecino que había desaparecido dos noches antes camino de los Huerta. Santos salió corriendo hacia el sonido.

Junto a una tapia enterrada en nieve, vio una figura arrodillada. No era lobo. Era hombre. Tenía la cara hinchada de frío, los labios morados, la barba llena de escarcha. Pero estaba vivo.

—¡Eutimio!

El hombre levantó la mirada como quien vuelve de una cueva.

—Me… me llevó… —balbuceó—. No sé dónde estuve. Era como andar dentro de la nieve. Me soltó aquí al amanecer.

Santos lo agarró por los hombros.

—¿Quién te llevó?

Eutimio tembló entero.

—Un perro grande… No. Un hombre… No sé. —Sus ojos se llenaron de terror infantil—. Tenía ojos de lobo y… y lloraba.

Santos sintió un golpe de confirmación.

Le hizo caminar hacia la casa a trompicones. A mitad de camino, Eutimio se paró.

—No lo mates, chico —dijo, respirando a bocanadas—. No es malo… es como si estuviera preso.

Santos no supo qué contestar.

Cuando llegaron, Águeda los metió dentro sin preguntas. Tendió a Eutimio junto al fuego. Le dio caldo. Lo cubrió con mantas. Santos no se quitaba del pecho la imagen de aquellos ojos amarillos con pena.

Esa noche, mientras Eutimio deliraba y el viento —ahora sí— volvía a pegar golpes en la ventana, Águeda habló con su hijo como se hablan las cosas graves.

—Si lo que ronda es el pastor perdido… no es un monstruo. Es un hombre atrapado en hambre de lobo. Y ese hambre lo manda.

—¿Y qué hacemos?

Águeda miró la campanilla en el cinturón de Santos.

—Mañana, antes de que anochezca, vamos a las eras con carne. Y con la campana.

Santos la miró sin entender.

—¿Para atraerlo?

—Para recordarle.


Al noveno día, la nevadona arreció otra vez. El cielo cerró y el mundo se volvió blanco puro. Pero Águeda y Santos salieron igual. Llevaban una pieza de oveja muerta de frío envuelta en saco y una cuerda larga. Andaron hasta las eras del alto, donde el viento solía repuntar.

La ventisca les azotaba la cara como harina de piedra.

Clavaron la carne en un madero, lejos de ellos. Águeda ató un extremo de la cuerda a su cintura.

—Si se te olvida que eres hombre —dijo mirando a la nieve —, que esta cuerda te lo recuerde.

Santos quiso hablar, pero solo le salió vapor.

Se pusieron a esperar.

Pasó un cuarto de hora, quizá más. De pronto, el aire se quedó quieto un instante imposible. Y en ese hueco, se oyó el aullido, pero tan cerca que parecía dentro de la cabeza.

La figura apareció como una sombra que se despega del temporal. Caminaba erguida entre remolinos. Se paró a diez pasos. Olfateó la carne.

Santos levantó la campanilla con mano temblorosa. La hizo sonar.

El tintineo era pequeño, pero cortó el aire como tijera.

La criatura se quedó rígida. Dio un paso atrás. Otro. Se llevó las manos a la cabeza como si algo le doliera muy dentro.

Águeda avanzó despacio, sin arma. Solo con el candil y la voz.

—Mateo.

Santos la miró de reojo. ¿Mateo? Ese era el nombre del pastor desaparecido en la historia.

La criatura levantó la cabeza. Los ojos amarillos vacilaron como si en ellos hubiera otra luz.

Águeda repitió más fuerte, contra el viento:

—Mateo de Mazuecos, hijo de  laBrígida. ¿Te acuerdas?

La criatura soltó un gruñido que fue, por primera vez, casi palabra.

—…Brí…gida…

Santos sintió que algo se le quebraba en el pecho.

Águeda se acercó otro paso. La cuerda tensó.

—No venimos a matarte. Venimos a devolverte. Esta nieve es vieja maldición, pero tú eres más viejo que ella. Eres hombre.

La criatura temblaba entera. Sus uñas rascaron la nieve como queriendo excavar una salida. Luego, de golpe, cayó de rodillas. El hocico bajó. Los hombros se encogieron.

Sonó un sollozo… humano.

El viento volvió de golpe, con furia. La cortina blanca se cerró un segundo. Cuando se abrió, la criatura ya no estaba.

Solo quedaba la carne intacta y una línea de huellas que se perdía hacia el norte.

Santos miró a Águeda.

—¿Lo hemos… perdido?

Águeda sacudió la cabeza.

—No. Lo hemos despertado un poco. A veces basta con eso para que una bestia deje de serlo.

Volvieron a casa con el alma revuelta.


La nevadona se fue agotando como se agotan las cosas gigantes: tarde y sin pedir permiso. A principios de marzo, el cielo abrió y el sol empezó a domeñar el manto. Luego vino el deshielo, traicionero, con ríos crecidos y barro hasta la rodilla. En otros lugares hubo inundaciones y más desgracias, pero en Fuentes, cuando el agua por fin corrió, la gente sintió que salía de una casa cerrada demasiado tiempo. 

Se contaron pérdidas: ovejas muertas, carros enterrados, dos hombres del pueblo que jamás volvieron. Se rezó por ellos sin saber dónde dejaba Dios a los que no tienen tumba.

Los lobos dejaron de oírse.

Pero una mañana, cuando ya las cunetas eran barro, Santos encontró algo junto al aprisco: un rosario viejo, ennegrecido, colgado del portillo como una despedida. No era suyo. No era de Águeda. Tenía iniciales en el crucifijo: “M.M.”

Mateo de Mazuecos.

Santos lo llevó a su madre.

Águeda lo sostuvo en la palma sin decir nada. Luego alzó la vista hacia la llanura.

—Se ha ido a morir donde debía —murmuró.

—¿Y si no se ha muerto?

Águeda sonrió con tristeza pequeña.

—Entonces habrá encontrado el camino de vuelta a sí mismo. Y eso es casi lo mismo.

Eutimio, ya repuesto, volvió a su casa. Antes de irse, se acercó a Santos.

—No lo cuentes mucho —le dijo, con esa seriedad que no viene de la edad sino del espanto—. Ya sabes cómo es la gente. Pero acuérdate.

Santos asintió.

Se acordaría.

Porque en Tierra de Campos, cuando la nieve baja de verdad, no solo trae frío. Trae las cosas viejas que el mundo escondía en los bordes: lobos hambrientos, caminos perdidos, hombres atrapados en su propio hambre. Y también trae algo bueno, aunque cueste verlo: la posibilidad de recordar quién eres cuando el aire pretende borrarte.

Cuando la primavera salió del todo y el trigo empezó a verdear otra vez, Santos subió al alto del molino sin aspas y miró la llanura limpia. El sol brillaba como si no hubiera pasado nada.

Pero él sabía.

Bajó la cabeza y oyó, no lejos, un aullido muy suave. No de amenaza. De despedida.

Y en ese sonido, aunque nadie más lo notara, el invierno de los tres ochos terminó por fin de irse.