miércoles, 15 de octubre de 2025
La edad de oro de la ciencia ficción (II). Isaac Asimov
martes, 14 de octubre de 2025
La edad de oro de la ciencia ficción (I). Isaac Asimov
domingo, 12 de octubre de 2025
El perro de la guerra y el dolor del mundo. Michael Moorcock
El ángel de la carretera
A la altura de la travesía de Betelu se espesó la niebla con esa prisa que tienen los accidentes. Apagué la
radio para oír mejor la carretera —manía o costumbre— y dejé que la
calefacción, más rumor que calor, me soplara a los tobillos. Curva, recta,
curva: el bosque asomaba por los faros como si fuera a cruzarse un secreto.
Fue en una recta antes de
encarar el puerto de Azpiroz cuando la vi. A la derecha, en la cuneta, una chica levantaba la
mano muy recta, sin aspavientos, envuelta en una chaqueta clara y una falda
oscura que el agua pegaba a sus piernas. El pelo negro, sujeto con una diadema
pálida; los ojos grandes, asustados, pero sin llegar a ser histéricos. Bajé la velocidad,
puse el intermitente, miré por el retrovisor, por si la Guardia Civil andaba cerca y me arrimé.
—¿Vas a Pamplona? —preguntó,
sin rodeos, asomándose al marco de la ventanilla. Tenía una voz limpia, de
internado, con algo de frío.
—Sí. Sube.
Abrió con cuidado, como si no
quisiera mojar la tapicería, y se acomodó encogida, pegando las manos al bolso.
Olía a agua y a algo dulce, quizá colonia de las de antes. Cerré la puerta. El
coche vibró para sí mismo, satisfecho de tener por fin conversación.
—¿De dónde vienes? —pregunté,
más por cortesía que por curiosidad.
—De San Sebastián —dijo—. Me
he quedado sin combinación… y ya sabes cómo es esto.
Asentí. Yo también sabía:
autobuses que no esperan, paradas sin marquesina, un mundo que se apaga
temprano. Miré de reojo. Era guapa de una manera antigua: ojos firmes, pómulos
limpios, la diadema puesta con precisión. Se frotó los brazos.
—Si quieres, sube la
calefacción —propuse.
—Gracias. No hace falta —dijo,
pero luego estiró un poco las manos hacia el aire tibio, como quien se concede
un pequeño lujo.
La carretera comenzó a ganar
altura. En la cuneta apareció un crucero de madera con un ramo húmedo. Siempre
me impresiona cómo el duelo aprende geografía. La chica lo miró sin girar la
cabeza, como quien conoce cada señal.
—Te dejo en Cuatrovientos si
te parece —dije—. De ahí tendrás autobuses o taxis.
—Sí —dijo—. Me viene bien.
Nos callamos un rato. Los
faros de algún Pegaso nos daban de frente como bueyes con sueño. Cedí. Él
también. La chica, a mi lado, respiraba leve, como si temiera enturbiar el
cristal. Me di cuenta de que tiritaba.
—Toma —le ofrecí mi americana,
que llevaba en el asiento de atrás—. Está seca.
—No —dijo de primeras, con
vergüenza. Luego, sí. Se la puso sobre los hombros con cuidado. Me dio las
gracias con un gesto mínimo.
La niebla hacía islotes en la carretera. Delante nuestra solo tres metros de asfalto nos pertenecían.
Me vino a la cabeza un chiste, una tontería para aliviar, pero no me salió.
—¿Cómo te llamas? —arranqué al
fin.
—No importa —dijo. No sonó
hosca; sonó verdad.
—Como quieras.
Nos acompañó otro silencio,
este más cómodo. Luego, ella se inclinó apenas hacia adelante, como hacen los
copilotos atentos, y señaló con una mano pálida.
—Despacio aquí —susurró—. Esta
curva siempre se me resiste.
“Se me resiste”, pensé. La
conocía. Frené. Los neumáticos besaron el asfalto con un quejido fino. La curva
era de las que engañan: parece que cierran poco y se empeñan en cerrarse más.
Pasamos.
—Gracias —dijo, y lo dijo como
quien agradece algo de más peso.
Azpiroz ya estaba detrás.
Bajábamos. La niebla aflojaba, la lluvia no. La vi sonreír por primera vez: una
sonrisa breve, casi de fotografía. Se ajustó la diadema, miró el cristal con
una atención que no era cuidado, era reconocimiento. Y entonces me dijo, en voz
suave, sin drama, como se dice una dirección:
—Aquí. Para un momento.
Obedecí. No había arcén, sólo
un respiro de cuneta junto a un tramo de quitamiedos viejo y una cruz apagada.
La chica puso la mano en el salpicadero, despacio, como quien bendice. Y dijo:
—Aquí me maté yo.
Giré la cabeza hacia ella. No
estaba.
No hubo ruido de puerta, ni
aire de fuga, ni agua en la moqueta. Nada. Sólo mi americana, doblada pulcra
sobre su asiento. Tardé unos segundos en entender que la respiración que oía
era sólo la mía. El Seat seguía al ralentí, terco, como si nada en el mundo
hubiese cambiado. Miré por el cristal: el quitamiedos abollado, la marca vieja
de un golpe, una cruz rudimentaria con un ramo descolorido. La diadema —una cinta pálida—
colgaba del hierro como un gesto.
No recuerdo bien cómo arranqué
otra vez. Sé que llegué a Cuatrovientos con las manos entumecidas y me apoyé en
la barra del bar con el hambre súbita de los que acaban de llegar vivos. Pedí
un café. El camarero —bigote corto, delantal cansado— me miró el color.
—¿Le ha pasado algo? —preguntó
con el usted automático de las madrugadas.
—He… He recogido a una chica
en Azpiroz —dije—. Bajando me ha dicho… —no supe terminar—. En una curva. Aquí
me maté yo.
El hombre dejó la cafetera en
su sitio. No se rió. No dijo “déjese de bromas”. No llamó loco a nadie. Se secó
las manos en el paño como quien se seca un gesto.
—No es el primero —dijo al
fin, con la voz baja de los hechos viejos—. En el sesenta y tantos, una
muchacha del internado de San Sebastián se salió en esa curva con un 600.
Llovía. Dicen que iba tarde. Dicen tantas cosas. A veces vuelve a pedir paso.
Avisa.
No hablaba de fantasmas.
Hablaba como se habla del viento, de la nieve, de lo que sucede y pasa. Bebí el
café de golpe. Una parte de mí quería reírse; otra dar las gracias.
—Se ha dejado esto —dije,
sacando la americana del brazo. En el bolsillo noté algo. Saqué la mano. La
diadema. La misma: pálida, húmeda aún.
El camarero la miró, pesó el
silencio y, como si ya supiera el trámite, señaló hacia la puerta.
—Si quiere, vuelva. Póngasela
en la cruz. Ella sabrá.
Volví. Lloviznaba con más
piedad. La carretera tenía ahora coches de gente con prisa de pan y de sueño.
Aparqué mal, peligrosamente, con los intermitentes parpadeando como pestañas.
Crucé. El quitamiedos frío, la cuneta blanda, el ramo viejo que olía a nada.
Colgué la diadema con una torpeza que me sacó una sonrisa. No recé; no supe. Me
aparté.
Cuando subí al coche, el
asiento del acompañante seguía vacío, con la americana doblada, seca. Dejé el
motor un momento en silencio. Me pareció —quizá fue sólo mi deseo— que el
cristal del lado de ella se desempañaba desde dentro con la forma leve de una
mano.
Al llegar a Pamplona, mi madre
no preguntó por qué olía a lluvia el forro de la chaqueta. Me puso en la mesa
un plato de sopa y el rosario en la radio acompañó, sin pretenderlo, el resto.
No busqué la noticia en el
Diario de Navarra ni pregunté en el internado. En estas cosas, la curiosidad
peca de mala educación. De vez en cuando, cuando subo por la vieja carretera hacia San
Sebastián —pocas veces ya—, bajo un punto antes de esa curva. La saludo con el
volante, como saludan los hombres a las vacas que han conocido de terneras. Y,
si es de noche y llueve, dejo en el asiento de al lado una chaqueta doblada,
por si acaso.
Por si alguien levanta la mano
en la neblina y dice, con voz limpia de internado, que baje la calefacción y
que despacio aquí; por si, sin dolor y sin teatro, vuelve a señalar la curva y,
antes de desaparecer, deja dicho, como quien deja una dirección en un sobre:
Aquí me maté yo.
El maniquí
Llevaba doce años allí, entre
arpilleras y muselinas, hilando mañanas iguales con ovillos distintos. Era un
hombre de hablar bajo, de guardar los recibos por orden de fecha, de vigilar
que el escaparate no se apagara nunca del todo. Se entretenía plegando con
exactitud geométrica los paños, lo cual le ganaba el respeto de las clientas
más viejas y el fastidio de las jóvenes que querían prisa. “Cayetano, que me
cierran el estanco”, le decían; y él sonreía con una comisura apenas, como
disculpándose por existir.
El escaparate, sin embargo,
era otra cosa. Allí se permitía una clase de atrevimiento silencioso: combinaba
colores con intuición de músico, colocaba los accesorios con la delicadeza de
los que nunca tocan a nadie, y sacaba brillo al cristal como si fuera un espejo
de boda. En el centro, elevada sobre una base de madera pintada, ella: un
maniquí de cuerpo entero, piel pálida con mate de yeso, labios de carmín
prudente, ojos grises sin iris. Vestía, según la estación, gabardina, vestido
de cuadros, abrigo de paño, chaqueta corta; a veces un sombrerito con velo que
parecía traer una noticia de 1954.
No era el más nuevo ni el más
caro, pero sí el más exacto, una proporción secreta que nadie supo señalar. Se
llamaba, en la etiqueta clavada a la base, Modelo Celia. Para Cayetano nunca
fue Celia. “Buenas tardes, señorita”, le dijo una vez, cuando la dejó vestida
de azul petróleo con cinturón de hebilla. No se rió de sí mismo. Le pareció
correcto saludarla; al fin y al cabo, la exponía cada día a la intemperie de
las miradas.
A Cayetano le habrían gustado
las mujeres de carne si no le hubiera faltado práctica. Hubo, a los veintitrés,
una telefonista de uñas rojas que olía a colonia helada; no volvió porque él
tardaba en encontrar las palabras como quien busca una aguja en algodón. A los
veintinueve, una cajera del economato que sonreía por costumbre; se dejó
invitar a un café y luego a otro, y en el tercero dijo “tengo prisa” como quien
cierra una puerta con suavidad. Después, silencio. Ningún dolor grande, ninguna
épica: sólo la gimnasia de la resignación.
Con el maniquí no necesitaba
hablar. Lo vestía, lo cambiaba de postura mínima —un giro de muñeca, un ligero
adelantamiento de la cadera, una curva más franca del cuello—, y la mañana
pasaba. Se sorprendía a veces mirándole a los ojos inexistentes y notando que
la luz de la calle se posaba en el cristal de tal modo que parecía que aquellos
ojos seguían algo más que su propio reflejo. Un día, sin querer, rozó con el
dorso de la mano la curva fría de su mejilla al abrochar un botón rebelde. Se
disculpó en voz muy baja:
—Perdón.
Nadie respondió. Y sin
embargo, mientras colocaba unos guantes de piel en el primer plano, sintió una
calma leve que no venía del oficio, una especie de gratitud que no podía tener
origen en los objetos.
La ciudad, con su
provincianismo acicalado, tenía reglas no escritas: a mediodía se vaciaba de
hombres, a las cinco revivían los mostradores, a las siete las señoras de
abrigos viejos pedían ver “algo alegre” para un santo. Bernal, el dueño,
llevaba mostacho fino y cuentas gruesas; confiaba en Cayetano como se confía en
una bisagra. “Tú manda el escaparate”, le decía. “El escaparate es la cara”. A
Cayetano le gustaba esa responsabilidad: era lo más parecido a decidir la
belleza.
Una tarde de noviembre, cuando
el cielo tenía el color de las cajas de cartón, un apagón dejó la calle a
medias: la mitad de los comercios a oscuras, la otra mitad con luz de
generador. Cayetano, que creía en la modestia de los accidentes, encendió el candil
que guardaban por si acaso y lo colgó del soporte de latón en el escaparate. La
llama, pequeña y tozuda, dibujó sombras nuevas en la piel sin poros del
maniquí. Fue entonces cuando vio —o creyó ver— una humedad minúscula brillar en
el borde del labio. Se acercó con el gesto profesional de quien retoca un
maquillaje. Era nada y, sin embargo, estaba.
—Señorita —susurró con
respeto—, si llueve por dentro, avíseme.
No dormía mal Cayetano, pero
aquella noche soñó claro. En el sueño, la señorita del escaparate caminaba por
la tienda con un andar sin ruido; no tocaba el suelo, aunque sus tacones
sonaban con discreción. Pasaba el dedo índice por los tejidos como quien lee en
braille, se detenía en la zona de mantillas, escogía una blanca, translúcida, y
se cubría la cabeza con gesto de novia sin novio. Se acercaba a él y, sin mover
los labios, decía: “Tengo frío”. Él, entonces, le cerraba la gabardina hasta el
último botón y… despertaba con la mano cerrando aire.
A la mañana siguiente, como
tantas mañanas, desvistió el maniquí de lo de ayer. La gabardina de paño estaba
abotonada hasta el último botón. Pensó que sería cosa suya, un automatismo.
Cuando deshizo el tercer botón, el cuarto se soltó solo, con una resistencia
breve, como si hubiese estado realmente enganchado. Rió para adentro de su
bobería. Y, sin embargo, al acercar la prenda al perchero, una fragancia suave,
desconocida, se elevó del paño: un olor a piel limpia, a algo humano y cercano
que no estaba en los frascos de la sección perfumería.
Los días siguientes repitieron
pequeñas anomalías que nadie salvo él podía inventariar. Un doblez en la falda
que no había puesto, una arruga nueva en el cuello que sugería un movimiento,
un velo ligeramente desplazado del ángulo que él había fijado. El jueves
encontró en el borde interior de la base, entre la madera y la pintura, un
cabello: ni blanco ni negro, castaño claro, finísimo. Lo tomó con pinzas, como
si tuviera vida. Lo guardó en su libreta dentro de un sobre que antes contenía
botones de repuesto. Escribió: “CPL. 4/12. Cabello en base.” Le pareció
elegante anotarlo con iniciales.
La Navidad caía ese año en la
tienda como cae la pelusa: por todas partes, con resignación y brillo. Bernal
trajo luces de bombilla y un ángel de alambre que no se sostenía bien. Cayetano
preparó el escaparate de fiesta: terciopelo granate, luces mínimas, un guiño de
satén en los pliegues, la señorita con abrigo blanco y guantes. Al terminar, se
quedó un minuto mirando desde la acera, con las manos en los bolsillos y la
sensación rara de haber hecho algo bien. La ciudad pasaba de largo, con prisa
de sopa caliente. Un niño se pegó al cristal, puso una mano, dejó el vaho de su
asombro, y se fue.
Aquella tarde nevó. La plaza
mayor, sucia y bonita, se llenó de personas que no sabían qué hacer con el
fenómeno. Algunos se besaron por tener una excusa. A las ocho, cuando cerró,
Cayetano se quedó solo con su obra y con ella. La luz se fue apagando por
zonas. En la penumbra, el maniquí parecía respirar. No era una ilusión óptica:
era un latido de la llama del candil, quizá, que agrandaba y encogía las
sombras. Cayetano no tembló; se acercó.
—Señorita —dijo—. Si supiera…
Bueno. Feliz Navidad.
Y en ese “si supiera” se le
llenó la boca de cosas que no había dicho nunca. De pronto vió —con la claridad
del sueño, pero despierto— que podía besar aquella boca de yeso con el mismo
respeto con que se besa a la estatua de una virgen cuando nadie mira. Lo pensó.
No lo hizo. Se retiró con una torpeza que se le quedó clavada en los hombros
como agujetas.
Esa noche soñó otra vez. Esta
vez no caminaba ella: se inclinaba. Le tocaba el hombro con dos dedos y decía,
sin labios, sin voz: “Gracias por el abrigo.” El miedo de Cayetano no era
miedo; era un pudor nuevo, un deseo de no estropear aquello con ruido.
El beso llegó por sí solo. Fue
un martes de enero, con la cuesta haciéndose notar en el ánimo y en los
precios. A última hora, cayó un cliente y preguntó por una tela que ya no
existía; Cayetano buscó, encontró un sustituto, cobró, despidió y volvió a su
altar. Había algo torcido en el pañuelo del cuello. Abrió el escaparate, entró
entre los focos como entra un actor que no sabe su papel, levantó el codo para
arreglar el nudo… y estaba tan cerca que sólo tuvo que inclinarse un poco. A
nadie debía explicación. Rozó con sus labios la boca tranquila del maniquí. Fue
nada y lo fue todo.
No sintió calor. Sintió una
electricidad blanda, como si por fin las cosas complejas se hubieran resignado
a ser simples. Retiró la cabeza un centímetro, y entonces ocurrió: el cristal
del escaparate devolvió una imagen que no coincidía. Ella tenía, ahora,
pupilas. No eran ojos completos; eran puntos de sombra en el gris que le daban
dirección a la mirada. Cayetano tragó aire. Apagó con mano firme los focos
pequeños, dejó el candil y cerró la puerta de cristal desde dentro. Por un
momento no existió la calle.
No hicieron falta palabras. El
maniquí —la mujer— bajó un milímetro la barbilla. No podía moverse como se
mueve un cuerpo, pero se movía como se mueve un barco en puerto: mínimos
cambios, evidencias. La cara no sonrió; se suavizó. Los guantes cayeron con un
tacto que no era de tela. Cayetano acercó las manos despacio y sintió la
temperatura leve de la piel: no estaba fría ya, tampoco caliente; estaba a
favor. La besó de nuevo, más convencido, y en el borde del beso oyó, como se
oyen las cosas que uno recuerda en el instante justo de necesitarlas, la frase
del sueño: “Tengo frío.” Le subió el cuello del abrigo. Ella —¿cómo decirlo?—
descansó.
A partir de esa noche, la
tienda cambió sin que nadie lo notara salvo ellos dos. Cayetano llegaba con
diez minutos de antelación, abría la puerta, corría la cortina y entraba en el
escaparate con el mismo cuidado con el que se entra en un hospital. La mujer
—porque ya le costaba llamarla de otro modo— le esperaba en la misma postura
con variaciones invisibles: un hombro menos tenso, la línea del cuello más
viva, los labios con una humedad que no era de maquillaje. Cuando la vestía, su
cuerpo tenía peso. Podía sostenerse, podía ceder si él —casi sin atreverse— le
pedía con el brazo un desplazamiento. No hablaban. Algunas tardes, al cerrar,
él ponía un disco de boleros en el tocadiscos portátil del probador, y el
escaparate se volvía un salón de baile donde nadie bailaba pero todo estaba en
su sitio.
El pueblo empezó a decir cosas
que eran verdad de otra manera. “Qué bonitos los escaparates de Bernal”, “Hay
una chica dentro”, “¿Ha cambiado el maniquí?”, “Tiene algo…”. Algunas clientas,
al pagar, miraban de reojo al cristal y se tocaban el pelo sin saber por qué.
Bernal sonreía ante la caja: “La cara, Cayetano, la cara. Muy bien.” El
barrendero empezó a barrer más lento frente a la tienda.
No hay milagros gratis. Algo
—no supo nunca qué— pidió su precio con la educación de las deudas inevitables.
Un lunes de marzo, mientras Cayetano ajustaba una cinta en la cintura, notó que
sus dedos tardaban en responder. No era cansancio. Era fondo. La noche
siguiente, al llegar a casa, el espejo del baño le devolvió una cara más lisa,
como si las arrugas pequeñas del entrecejo se hubieran planchado sin consulta.
No parecía mejor: parecía menos. Lo apuntó en su libreta con la claridad de
quien lleva cuentas: “12/3. Cara más lisa. Dedos lentos.”
Siguió. No podía no seguir.
Cada beso en la boca humilde de la mujer le devolvía la paz de los asuntos que
han encontrado nombre. Cada día le dejaba a él más quieto. El mundo no notó
nada: los trenes llegaban, las hojas del plátano caían, los vendedores ambulantes
decían “barato” con tono de misa. Cayetano empezó a hablar menos. Le costaba
tomar decisiones que antes eran automáticas: si poner primero el granate o el
verde, si cobrar en billetes o monedas. Bernal se lo atribuyó a la primavera.
La última noche —porque todo
relato concede al menos una—, llovía con esa insistencia que hace a las
ciudades parecerse. Cayetano cerró más tarde por un cliente pesado. Cuando bajó
la tranca, el escaparate era una piscina de reflejos. Entró, subió la cortina,
y la mujer estaba como siempre: esperándolo. La besó con una ternura cansada.
Ella respondió con lo que tenía: un milímetro de vida. Fue entonces cuando
sintió, por primera vez, frío. No en los hombros —eso se arregla con abrigo—,
en el centro: un frío que no pide jersey, pide inmovilidad.
—No me dejes —oyó, o imaginó—
sola.
Sonrió. Las luces del techo
parpadearon con mala conexión. La calle estaba vacía. Hubo un relámpago sin
trueno, un blanco que convirtió a la mujer en una figura de sal y a él en
sombra. A veces las cosas se deciden así. Cayetano sintió cómo se le iba el peso
de las rodillas. Apoyó una mano en la base para no caer. No cayó. Se quedó.
A la mañana siguiente, el
barrendero fue el primero en verlo. Llamó a Bernal, a la policía, a quien se
llama en estas ocasiones sin temblor. No había cadáver. No había Cayetano. En
el escaparate, sin embargo, había dos. La mujer —la señorita, la modelo Celia—
seguía en su sitio, con ojos grises que aquel día parecían saber. A su lado, un
maniquí nuevo —eso dijeron todos—: traje oscuro, camisa blanca, corbata
modesta, una mano apoyada con pulso correcto en la base, la otra en el aire, a
la altura exacta de un beso interrumpido.
—¿Cuándo lo habéis traído?
—preguntó una señora con voz de monaguillo.
—Anoche no estaba —dijo
Bernal, con un hilo de incredulidad que tardó años en cortarse.
La ciudad aceptó la novedad
con la higiene con que acepta lo que no entiende. Casa Bernal vendió más que
nunca aquel mes. Las muchachas se probaban vestidos mirando de reojo al hombre
nuevo del escaparate; los novios decían “yo no me visto así ni muerto” con risa
nerviosa. El maniquí tenía algo. No era el peinado, no era la postura, no era
el corte del traje; era esa forma de estar que tienen los que han aprendido a
no moverse.
De Cayetano se dijo lo que se
dice para no entrar en sitios donde hace corriente: que si se fue a la capital,
que si dejó una carta, que si debía y andaba escondido. Bernal no encontró
carta, pero encontró, en la libreta guardada bajo el mostrador, un sobre
pequeñísimo con un cabello pegado y varias anotaciones de contable del
misterio. Se lo guardó en el bolsillo interior del chaleco y, por la noche, lo
dejó en el cajón de la mesilla, al lado del rosario.
A veces —esto sólo lo sé yo—,
cuando el reloj da las ocho y el barrendero arrastra su escoba con paciencia
nueva, el cristal de Casa Bernal empaña por dentro como si alguien respirara
muy cerca. La mujer del escaparate tiene entonces los labios con una humedad
que no está en las modas. El hombre a su lado, exacto en su traje oscuro,
parece inclinar un milímetro la cabeza hacia ella. No es movimiento: es
decisión. Uno creería —si creyera— que los maniquíes también se besan cuando
nadie mira y que hay amores que no salen a pasear porque ya encuentran todo en
un metro cuadrado de luz.
La ciudad, provinciana y
limpia, sigue oliendo a pan por las mañanas. En la plaza mayor el reloj da las
horas con la humildad de quien no se cree importante. Las palomas hacen cuentas
con el empedrado. Y en el escaparate de Casa Bernal, bajo fluorescentes
cansados, dos figuras guardan su turno de belleza con una paciencia que no
verán los apurados. De Cayetano ya nadie habla. No hace falta. Está en el lugar
donde quiso estar: al otro lado del cristal, justo en la cara. Y ella —llámese
Celia o de ningún modo— no tiene frío. Con eso, a veces, basta.
El primer amor de verano
A mano izquierda, los
palomares redondos dormían con los ojos abiertos; a la derecha, la llanura se
hacía la interesante, enseñando cigüeñas sobre un campanario que juraba haberme
visto crecer verano tras verano. En el cruce alguien había pintado con letras chuecas “Autillo” en
una flecha de hojalata.
El aire de la calle, cuando
bajé del autobús, fue un golpe blando de horno y polvo. La casa de mi tía, donde vívia ahora también mi abuelo olía a piedra fresca, a armario de sábanas y a cuchara de madera. Teodora, la vecina de mi tía, me dijo “ya está aquí el de la capital” con ese modo de bienvenida que
es también un examen. Yo asentí, me miré las piernas todavía demasiado blancas bajo una bermudas negras de algodón que dejaban ver mis tobillos, y fingí que no me
temblaban.
Las veía venir desde lejos:
primero, el timbre metálico, luego el parpadeo del sol en los radios, y por
último ellas. Tres bicis BH pintadas de colores imposibles bajaron por la calle
como una bandada sin prisa. Llevaba una una faldita corta y diadema, las piernas morenitas y bien torneadas, otra con el pelo recogido en dos coletas desafiantes, la
tercera con un vestido de flores (o quizá eran soles) y unas gafas de espejo
que me devolvieron una versión más ruborizada de mí mismo.
—¿Tú eres el de Pamplona?
—preguntó la de la diadema, sin freno.
—Sí —dije, y me pareció una
palabra corta.
—En las fiestas de San Agustín de Fuentes hay verbenas —anunció la de las coletas, como si me ofreciera un contrato—.
¿Sabes bailar?
—Regular —admití.
—Pues regular no vale —remató
la de las gafas—. Aquí hay que bailar bien o mirar mucho.
Rieron las tres, no de mí sino
por el gusto de reír en plural. Dieron una vuelta a la plaza mayor, giraron en
torno al banco donde Tío Amancio hacía de estatua y, como si hubieran trazado
un círculo sobre la tierra, volvieron y me rodearon a mí, el urbanita.
—Yo soy Lola —la de las
coletas—. Esta es Marina —la de la diadema—. Y la de las gafas es Celia, pero
puedes llamarla “ojo de halcón”.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque lo ve todo —dijo
Celia, bajándose las gafas sólo lo justo para que me llegara una mirada
limpia—. Y porque sabe cuando un forastero finge que no está nervioso.
No supe qué contestar. A
cambio, ellas me regalaron una tarea: la cadena de la BH de Marina se había
salido. Puse las manos donde había que ponerlas, como si mi vida entera hubiese
sido un ensayo para ese gesto. La cadena encajó con un clic pequeño y yo me
quedé con los dedos negros de grasa y un orgullo recién nacido.
—Gracias —dijo Marina—. Te has
ganado un paseo.
Salimos de la plaza como se
sale del cine después de una película que te ha cambiado un poco sin que te des
cuenta. Bajamos por la calleja que daba al rio Valdeginate; cruzamos el puente de
piedras, pasamos junto a un corral con ovejas que se apartaron con respeto y
llegamos a un camino que bordea el canal. El aire olía a albahaca y a
paja caliente. Las chicharras afinaban la tarde.
—¿En Pamplona hay mar?
—preguntó Lola de pronto, ganándome una rueda.
—Hay sanfermines —respondí, y
la tarde se llenó de preguntas que eran deporte: que si los toros son de
verdad, que si me dejan salir por la noche, que si en la ciudad hay chicas con
el pelo azul.
—Las de aquí lo tenemos
castaño —dijo Marina, apartándose un mechón con el dorso de la mano—. Castaño y
sudado.
No sé si fue el sol o su modo
de decir “aquí”, pero esa palabra me quedó latiendo por debajo de las
costillas.
Paramos cerca del puente que hay cerca de Fuentes. Celia sacó de su cestita una botella
de gaseosa con La Casera en letras rojas y un chasquido que todavía hoy me
quita años. Bebimos a morro, sin ascos de pueblo, pasando la botella de mano en
mano como si en el fondo llevara una promesa. Marina se sentó en el pretil y
metió los pies en el agua. Me miró —creo— por primera vez como si me viera.
—¿Te vas a quedar todo el
verano? —preguntó.
—Creo que sí —dije—. Mis
padres dicen que aquí duermo y como mejor.
—Aquí se sueña de otra manera
—dijo ella, y el agua pareció estar de acuerdo.
A la hora de la siesta el
pueblo se recogió como una tortuga vieja. Los postigos cerraron sus párpados, y
en la plaza el polvo se emparejó con el silencio. Nosotros nos refugiamos bajo
el soportal de la iglesia de Santa María, donde el fresco era un milagro que no llevaba firma.
Hicimos competencias de escupir cáscaras de pipa, reímos por debajo, contamos
leyendas sobre brujas y de un pozo que no era pozo, y de repente el
tiempo se puso a andar más despacio, como si supiera que no nos hacía falta.
En la verbena de San Agustín,
la cuerda de bombillas parecía una constelación domesticada. El conjunto tocaba
rancheras y pasodobles con la seriedad de lo importante; las madres vigilaban
desde la fila de sillas, los padres hablaban con los brazos cruzados y una
cerveza tibia. Yo no sabía bailar, pero Marina me puso las manos donde había
que ponerlas: una en su cintura, la otra a la altura del vuelo. Nos movimos
poco, lo justo para que el mundo no notara que se nos había encogido a dos
metros cuadrados de tierra y música.
—Así —me dijo—. No pises.
Siente.
Sentí. El primer beso llegó
sin estridencias, detrás del frontón, con el ladrillo caliente en la espalda y
el ruido salvaje de nuestros propios corazones haciéndonos de orquesta. No hubo
fuegos artificiales: hubo una certeza sencilla, esa de que la vida se abre con
un sonido parecido al de una pestaña cuando cae un poco de polvo. Celia y Lola
nos encontraron y nos dejaron seguir, con una carcajada que era bendición.
Marina tenía una manera de
morderse el labio cuando no estaba segura de algo. Yo aprendí a reconocer en
ese gesto un semáforo que no existía. No hablamos de futuro; no sabíamos hablar
de lo que todavía no aprendía a tener nombre. Nos bastó con ocupar el presente
como quien ocupa una habitación recién pintada: con cuidado de no dejar marcas
y la alegría secreta de la novedad.
El verano avanzó con la
regularidad de los riegos. En el canal jugábamos a saltarnos el reflejo del
sol; en la era aprendí a trillar con el cuerpo —uno aprende cosas así cuando
nadie te mira—; los atardeceres traían una frescura que nos regalaba media hora
de palabras de más. Hubo celos pequeños, de juego: que si Marina hablaba con un
primo de Valladolid, que si a mí me miró la del kiosco. Pero los celos, a esa
edad, se curan con un helado y una carrera hasta el palomar más cercano.
La noche antes de volver a
Pamplona, mi madre me hizo una cena especial que disfrute con el abuelo. Chorizo en rodajas,
queso, pan y melón frío. Yo masticaba el pan como si se me fuera a escapar algo
por el paladar. Marina me había citado en el sitio de siempre, el recodo del
canal, después de los platos, antes del café. Salí con el corazón en el codo.
La encontré descalza, con la falda cogida entre los dedos, mirando cómo el agua insistía. Nos sentamos, cada uno en su piedra. No hacía falta hacernos promesas; el pueblo entiende de tiempos sin calendario mejor que nosotros.
—El verano que viene volverás
—dijo, no como pregunta.
—Sí —mentí, o no.
—La ciudad te cambia —dijo—.
Vuelve como te dé la gana, pero vuelve.
Le di un beso que sabía a
gaseosa y tarde, a pipa de sal y a la piel del hombro caliente. Ella me dejó
guardarme una cinta de su diadema entre los dedos, un talismán barato con
efectos secundarios. Nos reímos de nada y de todo y nos fuimos cada uno por su
calle, como si supiéramos andar alejándonos sin romper nada.
Al amanecer, la carretera de Autillo a Fuentes
nos recibió igual que a la ida: derecha, sin disculpas. En el retrovisor, las
cigüeñas pretendían no mirarnos, los palomares se hacían los distraídos. Mi
madre preguntó si me había gustado el verano; yo dije que sí, como se dice una
palabra grande por primera vez sin que se te note.
En Pamplona, el tráfico, los
amigos de barrio, el primer curso del instituto con su olor a goma y
tiza, y la primera lluvia de otoño inventaron la rutina. La cinta de Marina
vivió en mi billetero hasta que el cuero aprendió su forma. A veces, en el
autobús, la tocaba como si fuera una tecla y el recuerdo sonara entero: el
cansancio feliz de un baile mal bailado, el calor de una piedra, el metal de
una cadena que encaja, el charco de sombra bajo la bombilla de la verbena.
Volví a Fuentes más veces.
Ella estaba algunas, otras ya no; el mundo se movía, porque esa es su
educación. Las bicis seguían bajando por la calle con risas de bandada. Yo
aprendí a bailar mejor —no mucho— y a mirar menos el suelo. Supe, con los años,
que no era Marina sólo quien me había besado aquella noche, sino la llanura
entera, con su modo antiguo de decirte las cosas sin apretar. Y supe, sobre
todo, que el primer amor de verano es un idioma que no se olvida aunque cambien
las palabras.
Aún hoy, cuando una carretera
recta me aprieta el pecho y el sol se sienta en el capó, me vuelve una curva de
polvo en la boca: la de Fuentes a Autillo a la hora en que el calor afloja, el mundo se
calla y, a lo lejos, tres bicis BH anuncian —con campanillas y piernas morenas—
que, sin saberlo, estás entrando en la adolescencia como se entra en el río:
poco a poco, hasta el cuello, y de pronto, entero.
Segunda oportunidad
Pero era imposible volver
atrás. El tiempo había teñido de vetas blancas mis sienes, como si quisiera
adelantar el invierno de mi vida: un declive lento, más mental que físico
—apenas tenía treinta y cinco años— que me sumía en una soledad sin ruido y en
una apatía de agua estancada.
Algunas noches me despertaba
con la sensación de estar viviendo un largo, angustioso, interminable sueño,
sin principio ni fin; un sueño en el que se agitaban, como sombras gigantes,
mis temores y mis miedos, sin darme cuenta, tal vez, de que —como en las
sombras chinescas— a menudo es mayor el reflejo que vemos en la pared, a la luz
de una vela vacilante, que el pequeño objeto que lo proyecta.
Obsesionado con revivir mi
pasado, volqué todos mis esfuerzos, mentales y físicos, en ese propósito. Quise
creer que, como en ciertas historias de fantasía y ciencia ficción que había
devorado desde niño, todo era posible.
“Nuestras acciones —me
repetía—, e incluso la ausencia de ellas, generan diferentes líneas vitales
paralelas que coexisten en planos contiguos e impermeables. En alguno de esos
pliegues habrá un individuo igual que yo que logró enamorar a la mujer de mis
sueños; otro —o el mismo con mayor fortuna— eligió otra ocupación y triunfó.
Hay actos determinantes capaces de desviar el cauce del río, de abrir vidas
paralelas. Si pudiera atravesar la realidad y mirar qué habría sido si…”
Los pensamientos cruzaban cada
vez más hondos e insistentes. En el fondo, todo se reducía a una elección mal
hecha; a mi elección; a la infelicidad que de ella pendía.
No hallé ninguna puerta física
que llevara a ese otro lado. Así que decidí entrar por donde el mundo se
ablanda: los sueños.
La disciplina de la noche
Leí manuales de “sueño lúcido”
con el fervor de un converso: higiene del sueño, rituales previos, alarmas en
mitad de la noche, diarios en la mesilla, ejercicios de visualización. Me
acostaba con la habitación en penumbra y, antes de cerrar los ojos, repetía un
pequeño conjuro aprendido en un libro barato: “Cuando vea mis manos en el
sueño, sabré que sueño”.
Pronto llegaron las primeras
señales: el leve tirón en el estómago previo a la caída, la puerta que no
conducía a la cocina sino a un pasillo con espejos, el reloj que marcaba horas
imposibles. Y, con ellas, el primer regreso: la tarde de la fiesta de graduación.
El salón volvía a encenderse
con luz de naranja y humo. La orquesta probaba un lento indeciso. Yo estaba
sentado junto a la ventana, girando con los dedos el vaso alto del cubata,
fingiendo que miraba la calle, mirándola a ella de reojo. Temía el ridículo
como se teme una fiebre: más por la previsión de padecerla que por su daño
real. Entonces apareció él —“el maromo”, lo llamé siempre, porque no supe
aprender su nombre— y le pidió bailar. Un lento, lentísimo. Se perdieron en el
rincón más oscuro. Yo seguí girando el vaso hasta gastarle la banda de sudor.
En el sueño, me levanté. Puse
el vaso en la mesa. Caminé hacia ellos, con ese andar elástico del que todavía
no extingue la confianza. “¿Bailas?” Nunca sabré si ella me oyó o el sueño
cambió de escena para no humillarme. Desperté con el corazón en la boca y una
frase en la garganta que no había sabido decir en veinte años.
La segunda noche fue distinta.
La música volvió a caer en alfombra, pero ahora el bar olía al mismo perfume
que ella llevaba entonces —jazmín y un alcohol barato— y el hielo del vaso
tenía el mismo crujido. Supe que no era un simple sueño: mis sentidos estaban
calibrados con el recuerdo, como si mi mente realmente hubiese viajado a un
sitio remoto donde pasado y deseo comparten mesa. Extendí la mano; ella sonrió
con una sorpresa tranquila, como si esperara desde siempre esa invitación.
Bailamos. La orquesta dejó de ser un rumor —por una vez— para tocar la melodía
exacta. Desperté con la música en el oído y, sobre la mesilla, un detalle
imposible: una horquilla dorada, con dos dientes torcidos.
La sostuve entre los dedos con
un respeto ridículo. La metí en el cajón. No se desvaneció con la mañana. El
mundo, obediente a su lógica, no se desplomó: era una horquilla, nada más. Pero
para mí fue un acta notarial. Volví a acostarme con la avidez del niño que
encuentra la llave del desván.
Cartografía de lo onírico
El mundo de los sueños es una
región vasta aún sin mapa, de orografía caprichosa: tierras oscuras y
pantanosas donde la voluntad se hunde; sierras súbitas que obligan a trepar
para no olvidar; nieblas donde no se sabe dónde empieza el río y termina el campo;
y criaturas que cambian de bando: ángeles que, al doblar la esquina, resultan
demonios domésticos; monstruos que, al encender la luz, son percheros. Aprendí
a orientarme con tres reglas: no mirar dos veces el mismo reloj, no entrar en
habitaciones sin ventana, no pronunciar nombres en voz alta.
Noche tras noche fui
perfeccionando el regreso. Ajustaba la hora como quien sintoniza una radio
vieja, corregía la distancia con la precisión del que vuelve a un banco público
y lo encuentra ocupado por otros. A veces el sueño me traicionaba y, cuando creía
volver a la fiesta, me devolvía al pasillo del instituto o al portal de su casa
o a la mañana del examen de literatura que improvisé con descaro; otras, me
concedía el milagro: poder decir “no te vayas” justo cuando ella recogía el
bolso; poder confesar que tenía miedo; poder escuchar que ella también.
De día me convertí en un
oficiante silencioso: respiración cuadrada, libreta de sueños, dibujos torpes
de plantas de edificios que sólo existen en el sueño. Todo lo apuntaba: letras
de canciones, marcas de suelo, el color del mantel. Empecé a traer pruebas: un
tiquet amarillento de la barra con el nombre del local que cerró al año
siguiente, un alfiler de corbata que jamás compré, un azúcar en sobre con la
fecha impresa en violeta y una errata.
La realidad, a cambio, comenzó
a ofrecerme grietas. En mitad de una reunión dije “nos vemos mañana” a un
compañero que llevaba dos años trasladado. En la calle saludé a un vecino que
nunca había vivido allí. Me descubrí tarareando una canción que no había sido
publicada aún. La horquilla, sin embargo, seguía en el cajón: la tocaba algunas
noches para saber que no me había vuelto loco.
La otra orilla
Quise ir más lejos: no sólo
corregir un gesto, sino explorar los mundos paralelos de los que me hablaba en
voz baja. Preparé mi cerebro con una obstinación casi cruel: ayuno de
pantallas, música repetitiva, té ligero, una lista de preguntas debajo de la almohada.
Me dormí con la mente como una brújula enfadada.
La tercera vuelta al salón de
la graduación no fue igual. Las paredes respiraban; las lámparas parpadeaban
con una luz más fría; ella llevaba, ahora, el pelo suelto, sin horquilla.
Cuando me acerqué, se apartó un poco, no con miedo, sino con la cortesía de
quien no quiere engaños. “Hoy no —dijo—. Hoy no soy yo.” Detrás de su voz
parecía hablar alguien más; o la suma de todas sus voces en todas mis líneas.
El maromo, sin nombre, me miró con la cara en blanco y una mueca prestada. El
sueño, por primera vez, me dio miedo. Desperté con un ardor en el pecho y un
sabor metálico en la lengua.
A la noche siguiente me
prometí quedarme en la orilla: mirar sin corregir, aceptar. El sueño, cruel
como un buen maestro, me llevó a una escena que no había deseado: la tarde en
que mi padre me llamó para decirme “me preocupa un dolor”. Yo —el de entonces—
no cogí el teléfono. En el sueño pude cogerlo. Cogí. Hablé. Le escuché. Al
despertar lloré con un alivio agrio, como el de los que llegan tarde a todo. En
el jersey, a la altura del hombro, encontré un pelo cano adherido a la lana. Lo
recogí con la punta de los dedos. No supe qué hacer con él.
Empecé a sospechar lo que no
quería oír: que el sueño no era un cine a la carta, sino un puente; y que los
peajes, aunque discretos, existían. Dormía mejor —o peor— que nunca. De día iba
perdiendo pequeñas islas: una receta de tortilla que hacía sin pensar; una
dirección antigua que siempre recordé; el segundo apellido de un amigo de
infancia; la manera exacta de atarme los cordones con un gesto aprendido de mi
madre. Ganaba, sí, una calma rara; perdía, sin querer, piezas del puzzle.
Última sesión
La noche decisiva volvía a ser
la de la graduación. Lloviznaba bajo techo. La música caía a plomo, a cámara
lenta. Todo replicaba el original como si la memoria, por fin, hubiera pulido
su espejo. Me acerqué a ella sin ansiedad ni grandilocuencia. Me vio venir y,
por primera vez en veinte años, me sostuvo la mirada sin ironía.
—¿Sabes? —le dije—. He venido
muchas veces.
—Lo sé —contestó—. Yo también
te he esperado muchas veces.
Entonces ocurrió lo que jamás
había ocurrido: el sueño dejó de ser sueño. Sentí el calor de su mano con grado
exacto; la aspereza de la etiqueta mal cortada en mi camisa; la nota desafinada
del trombón. “Vivir de nuevo”, pensé, sin atreverme a cerrar los ojos por miedo
a apagarlo.
Bailamos. Cuando terminó el
lento, ella sacó del bolso una servilleta con un teléfono que ya no existe.
“Llámame mañana”, dijo. “Mañana sí.” Guardé la servilleta en el bolsillo
interior de la americana con el gesto de quien ha recibido el breve santo de la
vida.
Desperté con el corazón
sereno. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta —la real— y allí estaba: una
servilleta doblada dos veces, con un perfume de jazmín y tinta corrida; y un
número de siete cifras que no correspondía a ningún prefijo actual. La apoyé en
la mesa como prueba y reliquia.
Intenté llamarla, por
supuesto. La voz automática contestó que aquel número no existía. El papel, en
mi mano, olía aún a la fiesta.
Epílogo: la vía
No supe nunca que había otra
vía —me digo a veces—. O quizá sí lo supe y no quise nombrarla: la muerte. Los
viejos místicos del desierto hablaban de sueños verdaderos como de pequeños
ensayos; los físicos de hoy murmuran que, en un universo infinito, todo ocurre
y nos ocurre, repetido y variado, como el burro que no cesa en la noria. Lo que
haya de ser será; lo que pueda ser, será. A mí me bastó (me basta) este ir y
venir por la cuerda floja de la noche, con la servilleta en el bolsillo y la
horquilla en el cajón, sabiendo que el puente no es autopista, que traer una
prueba no cambia el mundo, que quizá lo único que cambia es mi manera de
habitarlo.
Desde entonces, cuando me
asalta la cantinela matinal del “si pudiera”, preparo té, abro la ventana y me
siento a escribir los sueños con letra lenta, como se copian salmos en un
claustro. Algunas veces vuelvo —no tantas—; otras dejo pasar el tren. Me repito,
por higiene: no todo se repara; no todo se repite; no todo conviene.
Y, sin embargo, cada cierto
tiempo, de madrugada, oigo sonar muy lejos la canción de aquel lento. Entonces
cierro los ojos, pongo las manos frente a mi cara —como me enseñé—, reconozco
que sueño, y cruzo. No para cambiar el pasado, no para atraparlo, sino para
rozar su gracia y regresar con una brizna nueva de aceptación. Con eso —lo
juro— el invierno del pelo se vuelve menos temprano, y la vida, sin reset, se
deja vivir como si estrenara mesa y mantel.
La servilleta sigue en su
sitio. Nadie la ha visto. Nadie me creería. Yo tampoco me lo creería si no
fuera por el perfume obstinado, por el siete torcido de un número que ya no
existe y por esta certeza mansa: a veces el sueño no corrige la vida; la reconcilia.
Y eso, quizá, era lo único que yo andaba buscando cuando empecé a decirme, al
despertar: si pudiera volver atrás… y, al acostarme, en voz más baja: esta
noche, con cuidado.
Juegos
—¿Qué es esto? ¿De dónde lo
has sacado?
El anillo brillaba bajo la luz
mortecina de la lamparilla. En la mano húmeda y temblorosa de su madre, el
dorado destello parecía un reproche. Richar sintió que todo se derrumbaba de
golpe.
Ella lo miró fijamente, con
el ceño fruncido, los labios apretados y el rostro enrojecido, no ya por la
obesidad o la mala circulación, sino por la rabia. Llevaba años soportando las
habladurías, los cuchicheos de las vecinas sobre las malas compañías de su hijo. No quería creerlo, pero sabía que había
verdad en cada rumor.
—Este anillo no es tuyo. ¿De
quién es? ¿A quién se lo habéis quitado? ¡No me mientas!
Richar bajó la cabeza. El
silencio le pesaba como una piedra en el pecho. Pensaba en la noche anterior,
en lo que no podía contar, en ese momento que se le antojaba ya remoto pero que
lo había cambiado todo. Inventar era más fácil: diría que lo había encontrado
junto al campo de fútbol, que Rafa se lo había dado para guardarlo.
Cualquier cosa antes de revelar lo que de verdad había pasado.
Su madre esperaba. Recordaba
los episodios del verano anterior, cuando tuvo que devolver a otras madres
relojes y monedas, tragándose la vergüenza, disculpándose delante de desconocidas.
Recordaba la humillación de enfrentarse al padre de Richar, su marido, cuando
este se enteró. Él sí levantaba la mano, y ella había tenido que callar.
Aquella noche aún le dolía más que los golpes: la certeza de que su hijo, tan
pequeño, ya caminaba por una senda torcida.
—Te lo juro que lo encontré
—dijo Richar con voz temblorosa—. Esta vez no miento, mamá. Fue junto a las
escuelas, te lo prometo.
Cada palabra la acompañaba con
un movimiento de cabeza, casi suplicante. Había algo en su tono que no sonaba a
simple mentira: una angustia verdadera, un miedo que traspasaba el papel de
hijo travieso y lo mostraba como un niño acorralado.
La madre lo observó largo
rato, hasta que, agotada, se retiró con el anillo aún en la mano. Murmuró
palabras que ni ella misma entendió. No estaba convencida, pero tampoco tenía
fuerzas para seguir. Temía lo que sucedería cuando llegara su
marido: a él Richar no podría ocultarle nada, la correa del cinturón hacia maravillas.
Durante la comida reinó un
silencio pesado. Richar apenas probaba bocado, y ella masticaba con
dificultad, con la mente enredada entre la desconfianza y la esperanza de estar
equivocada. La radio llenaba la estancia con música y luego con noticias locales.
Hasta que la voz del locutor quebró la calma:
—Se ruega colaboración
ciudadana. Falta de su domicilio el niño F.P.D. de nueve años de edad…
Vestía pantalón corto azul y camisa blanca…
Richar dejó el tenedor sobre
el plato. Sintió cómo el sudor le corría por la nuca. La madre, inmóvil, apretó
el anillo dentro de su puño cerrado hasta hacerse daño.
Ambos entendieron. Ninguno
pronunció palabra.
La comida se quedó fría.
Afuera, en la calle, ladraba un perro, y dentro, el silencio se convirtió en un pacto de
miedo. Porque los juegos de los niños, lo sabían ya los dos, a veces terminan
en tragedia.
2. Los juegos
Los niños del barrio no están locos ni son demonios. Son niños: fuman valentía en papel de estraza, prueban límites como quien prueba el filo de una navaja. Richar, Juan Carlos, Rafa, Alberto, Manolo: nombres que se gritan de esquina a tapia, que dejan en los labios el sabor de la hierba mordida.
Roban manzanas en el huerto de doña Elvira: uno vigila, dos sacuden, otro recoge. Higos pegajosos, camisetas de franela. En las escuelas sueltan el aire de las ruedas de las bicicletas, cambian cromos, patean una pelota descosida. Se miden con las bandas vecinas a pedradas mal medidas; algún cristal paga la fiesta. Tocan timbres y corren; dejan trapos en barandillas; mean en el interior de los portales como si la ciudad fuera un mapa de retos. Con las chicas ensayan otra valentía: correr tras ellas en el descampado, rozarlas, a veces algo más, pedir un cigarrillo, mirar demasiado y no saber qué hacer con los ojos cuando se ríen.
Y está él: el niño nuevo. Se
llama Fernando Pérez Dopico, pero alguien —Juan Carlos, siempre— decide una mañana llamarlo
Corki, palabra traída de no se sabe dónde que suena a golpe y a risa. Otras veces jugando con su apellido le llaman "perezoso" o "topico" (de topo). Corki:
gordito, blandito, torpe para el balón, con un abrigo heredado y la costumbre
de pedir permiso para entrar en juegos ya empezados. El mote se le pega a uno como barro
seco.
Empiezan con pequeñas cosas:
quitarle el bocadillo y devolvérselo mordido, esconderle el estuche en clase, empujarle
en la fila, cantarle al oído “Corki”, darle capones en la nuca cuando escribe lento.
Fernando sonríe con torpeza, como se sonríe a los adultos cuando cuentan chistes
que no se entienden. “No pasa nada”, dice. Y no pasa. Todavía.
Luego vienen los desplantes
calculados: “a ver, Corki, corre por los columpios, que eres el conejo”,
“Corki, sujétame la mochila”, “Corki, cruza el patio con los ojos cerrados”. A
cada reto, un círculo de niños; a cada risa, un poco menos de alguien.
Richar no es líder ni santo.
Va detrás, copia la risa, repite la frase una octava más baja. Sabe que está
mal. Sabe, sobre todo, que es fácil seguir la corriente.
3. La casa quemada
Atardecía cuando Rafa habló de la prueba en el patio de las Escuelas. La casa quemada era leyenda:
cuatro paredes ahumadas al borde del campo, cerca de los Mogotes, una chimenea sola, un pozo a ras de
suelo cubierto con tablas mal puestas, desiguales, bailonas, que apenas tapaban
el hueco. Los mayores decían “no entréis”; los niños por aquello de llevar la contraria y jugar con el peligro entraban desde siempre.
—Hoy toca prueba —anunció Rafa, como un entrenador.
—¿A quién? —preguntó Alberto,
aunque todos miraron al mismo sitio.
Fernandito. Corki. Con su bolso de deportes donde lleva los libros
—Es fácil —mintió Rafa—. Entrar, pisar las tablas del pozo y salir. Dos minutos. El que lo
hace, se queda en el grupo. El que no…
El cielo olía a verano y a vacaciones próximas. Las sombras se alargaban como cuerdas. Un perro ladró dos veces.
A la salida, alcanzaron a
Fernando.
—¿Te vienes a jugar? —preguntó
Richar, con la voz prestada.
Los ojos de Fernando brillaron
como cuando sabe una respuesta y nadie se la pregunta.
—¿De verdad?
—De verdad.
Siguieron el camino de
tierra. La casa quemada apareció como un castillo pobre cerca de las vías del tren. Rafa explicó
las reglas: nadie entra con él, nadie enciende fósforos, nadie se echa atrás.
—¿Y si me da miedo? —preguntó
Fernando
—Si te da miedo, te aguantas
—dijo Rafa, encogiéndose de hombros.
No le vendaron los ojos. “Para
que veas que no pasa nada”, dijo Juan Carlos. La crueldad, cuando aprende a caminar,
ya no necesita vendas.
Fernando avanzó con las manos por
delante, tanteando el aire. Dentro olía a humo viejo y a madera mojada. El
suelo crujía a capricho. Llegó al pozo. Las tablas —tres, desiguales— lo
cubrían a medias: un parche de madera sobre un agujero negro.
—¿Así? —dijo, y puso el pie
suave sobre la primera.
—Más —ordenó Rafa desde
la sombra—. En medio. Si aguantan, vale.
Fernando dudó. Miró atrás. Vio
ojos. Risas. Vio a Richar, que pudo decir basta y no dijo nada. Puso el pie en
medio. La tabla gemela se levantó un dedo. El hueco respiró. Nadie entendió
bien quién apretó primero ni cómo bastan dos dedos para mover un centro de
gravedad. Hubo un empujón mínimo, una broma que buscaba un grito y encontró un golpe.
Las tablas bailaron un palmo.
El cuerpo de Fernando osciló como un saco pesado y cayó al pozo
El ruido fue un ahogo súbito,
lejos, abajo. Luego, silencio.
—¡Eh! —gritó Richar—. ¡Corki!
—Shhh —dijo Rafa, con
una autoridad que no conocía su edad.
—Hay que sacarlo —dijo Juan Carlos pero lo dijo para adentro.
—Nos van a pillar —contestó
Alberto.
—Nos van a matar —dijo Manolo.
—Nadie sabe que estamos aquí
—sentenció Rafa, y la frase pesó más que el miedo.
Miraron el hueco. Las tablas se habían recolocado torcidas, dejando un claro negro en el medio. Del fondo subió un olor a agua vieja y a piedra. Nadie se atrevió a apartarlas del todo. Nadie gritó. Todos corrieron del lugar como alma que lleva el diablo. Se fueron. Como se huye de una cosa recién nacida a la que uno ha ayudado a nacer sin querer.
4. Pactos, radios y anillos
Esa noche, el barrio se acostó
con las puertas entreabiertas. Alguna madre llamó más veces de lo habitual. La
pandilla se disolvió entre sombras, camino de casa, con el corazón gorjeando en la
boca. Rafa sentenció: “Nadie cuenta nada”. Y todos entendieron la gramática
del pacto.
A la hora de la cena, la radio
trajo la frase que ataba la historia:
“Falta de su domicilio el
menor F.P.D., de nueve años…”
Richar dejó la cuchara en el
plato. El anillo quemó en el bolsillo, como si tuviera sangre. Recordó el tirón
en la muñeca de Fernando cuando, días antes, se lo había arrebatado en un juego de
manos y bromas. Recordó el “dámelo” sin fuerza. Recordó no devolverlo. Recordó
el brillo bajo la lamparilla. Recordó, sobre todo, que el anillo llevaba
iniciales que ahora la radio deletreaba en su cabeza.
La madre de Richar recogió
los platos en silencio. No preguntó más por el anillo. A veces, las madres
sostienen el mundo por no preguntar.
Pasaron horas largas. Richar soñó con tablas que se abrían y se cerraban como
párpados. A la mañana, corrieron rumores: habían encontrado el bolso de deportes junto al campo de futbol; decían que alguien lo había visto cerca de las vías del tren, junto a un grupo de chicos; otros decían que no.
El tercer día, al amanecer, un guarda de campo ayudado de un par de policías municipales merodearon por el lugar.
Y encontraron el cuerpo de Fernandito. Lo sacaron con cuerdas. Hubo sirenas. Hubo mantas. Hubo insultos sin
dueño lanzados al aire. Hubo “accidente” en los papeles. Hubo “no se sabe”.
Hubo “se investigará”.
Nadie dijo pozo. Nadie dijo
tablas. Nadie dijo empujón. Era el pacto.
En la escuela se rezó lo que
se reza. En la tienda del barrio se murmuró lo que se murmura. La señora Remigia dijo: “Los
juegos se llevan lo suyo”, y nadie se atrevió a pedirle precisión.
Richar pasó el día como quien
va por un pasillo estrecho cargando un jarrón. Al atardecer salió con el anillo
en la mano. Caminó al regacho por la vereda del campo de fútbol. La casa
quemada respiraba. Se asomó al agua turbia y abrió los dedos. El anillo dio una
vuelta y desapareció sin ruido, como si volviera al lugar del que nunca debió
salir. No sintió alivio. Sintió hueco.
5. Lo que queda
Durante semanas, el barrio
respiró a medias. La gente hablaba de accidente. Los chicos, de otra cosa. La
palabra Corki se borró de las bocas como se borra una blasfemia delante de un
cura. En los recreos, la risa supo menos. En la casa quemada, un vecino —de
oficio albañil— fue por su cuenta y clavó tablones nuevos sobre el pozo. Nadie
se lo pidió. Nadie se lo agradeció en voz alta.
El pacto se mantuvo. No por
valentía, sino por pánico. Alberto dejó de mirar a los ojos. Manolo caminó un mes
sin chulería. Juan Carlos cambió de acera al cruzarse con la madre de Fernandito y se
pellizcó los muslos por no llorar. Rafa endureció algo por dentro y
ningún verano le quitó ya ese gesto.
Richar empezó a tener la boca
ardiéndole cada vez que oía “tonto” en un patio. No siempre habló; a veces
llegó tarde. A veces llegó. Un día, en clase, paró un capón que iba para otro:
puso la mano en el aire y dijo basta con una voz firme que no sabía que era
suya. No cambió el mundo; cambió esa mañana.
Los años pasaron. Algunos
contaron la historia como se cuenta un calambre: breve, tensa, con una mueca.
Dijeron “éramos chavales”. Dijeron “un juego”. Dijeron “se nos fue”. Nadie supo
encontrar palabra que sirviera para dejar a Fernando en su sitio.
En ciertas tardes, cuando el
sol cae por la esquina del campo y la casa quemada vuelve a respirar, alguien
cree ver en el suelo un brillo pequeño, un círculo que late y que no es vidrio.
Nadie se agacha. Los mayores aprendieron a no remover el fondo de las cosas.
Los niños nuevos pasan en bicicleta y no saben.
La radio ya no tiene aquel
locutor, pero a veces, muy de noche, parece oírse en todas las cocinas la misma
frase:
“Falta de su domicilio el
niño…”
Entonces, sin saber por qué,
alguna madre apaga la lamparilla y abre la ventana, como si el aire, entrando,
pudiera corregir el brillo de un anillo que ya no está. Y algún chaval, en otra
casa, se guarda en el bolsillo una canica que no es suya, y no sabe todavía que
hay juegos que no se juegan, porque una vez —aquí— pisaron unas tablas y
alguien cayó.
Lo terrible no fue el golpe ni
la sirena; lo terrible fue la risa antes del golpe, la facilidad con que todas
las manos se vuelven una. Y que, cuando el juego se va de las manos, la mano de
nadie sea, en realidad, la de todos.








