Corría ocioso un joven del lugar por las verdes laderas del monte Rojo. Su nombre le venía por ser aquel el lugar por donde cada tarde se ocultaba el sol, dejando esa débil estela roja que cubría las verdes laderas de las montañas. Corría alegre, despreocupado. Se tumbó a la entrada del frondoso bosque. Cerró los ojos. Escuchó el silbido del aire mover las ramas y las hojas, el canto de los pájaros. Imaginó... fantasías, gozos inconfesables compartidos en aquel marco idílico con la más bella de las criaturas. Imágenes, fantasías en un pueblo olvidado, donde la prosaica realidad ofrecía pocas —por no decir ninguna— capacidad de plasmación. Volvió al pueblo más cansado que antes, más entristecido y ansioso. Transcurrieron días, tal vez semanas…
Una mañana surgió la noticia. Había llegado a la aldea para pasar el verano, había llegado a aquel perdido rincón del universo. Impaciencia. Nerviosismo… Solía ella caminar todos los días, al atardecer y al mediodía, por un estrecho sendero que desde el pueblo llegaba y penetraba en el bosque; luego torcía a la derecha y se abría hacia un camino semiborrado por la vegetación, que descendía entre piedras al río, un río estrecho pero profundo que pocos metros antes se rompía en una bellísima cascada. Paseaba con un libro entre las manos. Solía leerlo bajo la agradable sombra de un árbol, en lo más profundo e intrincado del bosque. Nadie la interrumpía. Solo el difuso rumor de la vida que hervía entre los árboles. Refugio tranquilo. Seguridad. Placidez. Nadie le molestaba. Estaba sola. O al menos eso era lo que pensaba.
En una de aquellas mañanas de verano él logró descubrir el exótico tesoro que hasta entonces le había sido vedado al azar. Aquella visión paradisíaca. Éxtasis. Bañaba su desnudez bajo la fría agua de la cascada, ajena a la indiscreta mirada del curioso que contemplaba gozoso sus secretos más hermosos y escondidos. Prosiguió sus paseos solitarios, sin saberse espiada, sin sentirse vigilada, pero al fin se produjo el descubrimiento. Descubrimiento casual en una de esas lecturas, bajo la filtrada luz del sol, entre las copas de los árboles. Rumores de hojas, rotos por el estallido de una tos que descubrió la presencia del intruso.
Vergüenza. Reproches. Huida. Llamada. Preguntas. Silencio en la luz. Oscuridad entre las hojas. Conversación tenue. Amistad. Ya no pasea sola. Andan y charlan juntos hasta bien entrada la tarde. Tumbados, ríen cada palabra y callan. Solo se oye el rumor de los pájaros, el crepitar de la yerba que cruje.
Regresó a la ciudad, y el tiempo pasó lánguidamente lento. Otoño. Las hojas caen, el bosque se desnuda lastimero, dejando ver a través de sus afiladas y secas ramas un cielo gris, monótono y tristísimo. Invierno frío. Recuerdo cálido del verano, ilusionado de que retornaría un año más tarde.
Tarde anochecida. Sonido de seda rasgada. Ojos cerrados. Azul oscuro. Azul blanquecino en la tarde calurosa. Seda sobre la yerba verde humeante, humo del agua caída a la mañana. Cristalina lluvia del rocío en la alborada.
Vigilan mil ojos en la tarde que oscurece. Tierra y cielo se unen en la oscuridad de esa noche. Frescura. Viento suave. De nuevo azul oscuro. Lágrimas. Un tronco cruje en el silencio de la noche estival y se rompe, cayendo al suelo con gran estrépito. Extraña, desconocido. Aurora. Ocaso. Pueblo en la noche.
Un gato solitario pasea por la cornisa de un tejado, salta a la calle y se aleja del pueblo, se pierde, internándose en el bosque. Verano. Noche. Luna llena. Mirada larga y profunda. Calor tibio. Presagio de tormenta amanecida.
El bosque recita un concierto de voces, gritos extraños, sonidos repentinos. Una hoguera sin apagar en un calvero. Crepitar de las llamas que se rompen en mil chispas sobre el negro trozo que se abre sobre los árboles, volando hacia lo alto. Iluminación tenue. El gato se mueve nervioso de un lado a otro de la temblorosa luz rojiza. Humo. Calor. Oscuridad. Humedad en la noche. Se escucha el ruido del torrente que corre tras los árboles, de la cascada que se desborda en el río.
«Penumbra incierta en la esperanza de la noche.» Junto al oído se escucha el rumor de las hojas sacudidas por la brisa nocturna y el crepitar de las llamas. Calor. Las culebras se arrastran silenciosas, escurriéndose por entre las rendijas de las rocas, buscando su refugio oscuro. Agua. El agua se estremece en ondulaciones vibrantes por el contacto de las yemas de los dedos. Pez brillante, multicolor. Pececillos blancos, rosados, coloreados en la luz crepuscular, luchan, juegan escurridizos en el seno de las aguas. Juegos de amor entre las piedras blancas.
Llueve con fuerza. El agua resbala. Crujen las ramas. Se enredan. Se quiebran las raíces. Tormenta. Vendaval. Sed. Calor. La selva del bosque, crecida, enmarañada, se ha transformado. No se escucha el silencio de la noche. Sigue crepitando, sigue lloviendo, pero la hoguera no se apaga. La brisa fresca sigue soplando en la montaña, mas cuanto más cerca de la cumbre… Cerca de la cima se erige una cueva, escondida entre abundante vegetación. Una roca a la entrada se alza como un monolito majestuoso. Santuario. Hechizo mágico: rozando la piedra, la tierra tiembla y un relámpago ilumina el universo cósmico.
Los días pasan. Curvas deshechas en cascadas doradas del atardecer apagan su sed en el agua fría del manantial. Lentas, ciñen su perfección en la aurora; desnudas, florecen. Tiembla el aroma de la flor abierta en la aurora. Nieve dorada, modelada por expertas, sabias manos. La nieve se endurece en el frío de la madrugada. Hielo caliente que quema las manos. Tormenta. Relámpagos sobre el agua, iluminando el espejo que fluye y siempre cambia.
Se abre, se cierra la concha que un día arrojaste al fondo del río. Agua roja del ocaso, esmeralda de sus ojos reflejados, negra se convierte en la noche de sus pestañas. Ramas, troncos quebrados, rotos, flotan ondulando bajo la transparente luz de las aguas. El río seca. Hollando la tierra, apartando las ramas, bebiendo la fría agua en el hueco donde la culebra duerme. Suave y brillante palidez enrojecida. Cansancio. Abandono. Mira el cielo gris. Acércate a la luz. Mira. No disimules.
Ha pasado el tiempo. Es otoño otra vez. Anochecer soñado. Ojos cerrados. Trigo dorado, movido dulcemente por el viento que mece sus espigas recién florecidas. El valle se oculta a tus ojos en el recuerdo. La lluvia del otoño cierra las grietas del estío reseco y árido. Amanece. Escalofrío de temor, de angustia. La hoguera está apagada. Invierno. Nevada. Los lobos aúllan. Sigue nevando. Se derrite la nieve. El torrente del río vuelve a sonar. Las flores se abren… y regresa el verano. Frío. Tormenta triste. Silencio. Nada. Abandono. Mies. Pajar. Sábanas blancas, frías en otoño.
El otoño, último estertor del verano, esperó a octubre para el regreso definitivo. El tiempo corrió. Un año más. Otro verano. Desapareció. Viajó el joven a la ciudad en busca del recuerdo. El pueblo, el bosque, quedó solitario, quedó frío. Miraba los escaparates, los rótulos luminosos con atónitos ojos, las personas. Subía ascensores. Bajaba largos y profundos toboganes, escaleras mecánicas. Era fiesta. Subía en la noria, bajaba por las calles, artificialmente alegre, triste en su corazón. Sentía en su estómago esa mala sensación de bajar desde las alturas y de volver a subir a ellas. Y sentía un escalofrío recorrerle las espaldas.
Recordaba los largos paseos, la lenta humareda de la hoguera, la luna que alumbraba el espejo del agua e iluminaba los rostros en la noche, la conversación breve, el aire limpio, el silencio y también, tristemente, la huida sin previo aviso y la soledad. Los veranos, los tres últimos veranos. El tiempo borraba en el recuerdo. Ya no regresaría jamás. Se fue sin despedirse. Búsqueda inútil. Recuerdo dolorido. Miedo. Cuando volvía a la realidad se encontraba en un lugar cerrado, entre humo, ruido y extrañas caras. El verano acabó. Otoño. Invierno. Y así transcurrió largo tiempo, años.
El viejo comprendía que fue solo un bonito sueño, un recuerdo que le marcó toda la vida. Imaginó el sueño que se convirtió en realidad, pero que como tal se desvaneció al despertarse ya en los umbrales de la muerte.
El último otoño. Las hojas caían como siempre, pero aquel día cayó una hoja distinta: una hoja roja sobre un agua azul; el cielo estaba azul. Una hoja verde, sin palidecer por la amarillenta agonía de lo temporal, se hundió pesada en el seno profundo de las aguas. La hoja roja, quebradiza, desapareció volatilizada, mientras que sobre aquella hoja verde apareció una concha que se abría y se cerraba todos los veranos...
(En el mecanografiado original, los pasajes que aquí van en rojo
estaban escritos con cinta roja: son los dos veranos del encuentro y del
fuego. El resto —la soledad, la distancia, el tiempo— iba en negro. Se
ha respetado esa arquitectura de color y el fraseo sincopado del
original; solo se han corregido las erratas de máquina.).
Diciembre 1983
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