Los médicos pronunciaban palabras largas para encubrir su impotencia. Mis amigos evitaban invitarme a excursiones. Las mujeres me trataban con esa ternura cuidadosa que está más cerca de la compasión que del deseo.
Por eso vivía entre libros. Leía sobre imperios extinguidos, monarcas que habían gobernado desde tronos de basalto, sacerdotes que interpretaban el movimiento de estrellas ya desaparecidas y viajeros que se internaban en tierras donde los mapas se volvían blancos. Los libros eran mis piernas y mis armas. Gracias a ellos había cabalgado por estepas imposibles y escalado montañas que ningún hombre de mi condición habría podido contemplar siquiera desde su falda.
Mi abuelo materno, que había sido anticuario, me dejó al morir una caja de madera sin cerradura. Durante años la conservé sin descubrir el modo de abrirla. Era un objeto oscuro, veteado por líneas rojizas, y en su tapa aparecía grabado un arco rodeado por siete estrellas.
La noche en que comenzó todo, una tormenta cubría la ciudad. Yo estaba enfermo. Una fiebre tenaz me había retenido tres días en la cama y aquella madrugada, incapaz de dormir, bajé al gabinete donde guardaba la caja. No sabría explicar por qué lo hice. Tal vez escuché una llamada. Tal vez la fiebre había debilitado las paredes que separan unas realidades de otras.
Apoyé la mano sobre el arco grabado. La caja se abrió sin esfuerzo. Dentro descansaba una llave. Era larga, de un metal negro que parecía absorber la luz. Su empuñadura reproducía una figura humana encogida sobre sí misma, mientras que el diente tenía la forma de una torre quebrada. Bajo la llave había una tira de pergamino, escrita con la caligrafía de mi abuelo.
Solo decía: "La primera puerta no está en ningún muro". Nada más.
Sostuve la llave entre los dedos. Estaba tibia. A medida que la observaba, el rumor de la tormenta fue alejándose y las sombras del gabinete comenzaron a espesarse. Las paredes parecieron retroceder. Los muebles se hundieron en una penumbra aceitosa. Frente a mí apareció una puerta. No había estado allí un instante antes. Era alta y estrecha, construida con una madera tan blanca como los huesos pulidos. No tenía goznes ni cerradura. Sin embargo, cuando acerqué la llave, surgió en su superficie una abertura negra.
Introduje el metal. Al otro lado de la puerta alguien respiró.
Tuve miedo. Un miedo verdadero, físico, semejante a una mano cerrándose alrededor del corazón. Pero también sentí algo que nunca había conocido: la certeza de que, tras aquella hoja blanca, me aguardaba una vida que no estaría limitada por mi cuerpo.
Giré la llave. La puerta se abrió hacia abajo. No hacia delante. Hacia abajo.
Ante mis pies se extendía una escalera que descendía por un cielo nocturno. Los peldaños flotaban sobre constelaciones desconocidas. A ambos lados, enormes lunas pasaban lentamente, tan próximas que habría podido tocar sus cráteres. Di un paso. Después otro.
A la altura del séptimo peldaño dejé de escuchar la tormenta. En el decimotercero desapareció el dolor de mis rodillas. Al alcanzar el vigesimoprimero, respiré profundamente y mis pulmones se llenaron sin esfuerzo. Miré mis manos. Ya no eran las manos delgadas y pálidas que conocía. Eran fuertes, de dedos largos y nudillos firmes. Bajo la piel cobriza se marcaban los tendones. Toqué mi rostro y descubrí una mandíbula vigorosa, una barba corta y unas facciones que, aunque reconocibles, parecían la versión de mí mismo que algún escultor generoso habría tallado para satisfacer a un dios.
Mi cuerpo había cambiado. Los hombros se me habían ensanchado. El pecho respiraba con una potencia casi animal. Sentía los músculos de las piernas contraerse bajo la ropa, preparados para saltar, correr o combatir. Reí. Creo que fue la primera vez que reí de aquella manera.
Entonces uno de los peldaños desapareció. Caí. Atravesé nubes rojas, una bandada de aves transparentes y una lluvia que ascendía desde un mar invisible. Durante la caída vi torres, desiertos, ejércitos petrificados y mujeres que dormían dentro de grandes flores de cristal.
Finalmente me precipité sobre el tejado de una casa. Las tejas se rompieron bajo mi peso. Atravesé una estancia donde una familia de piel azul cenaba alrededor de una lámpara verde, hundí una mesa, rodé por unas escaleras y salí despedido a una calle empedrada.
Quedé tendido boca arriba. Sobre mí se alzaba una ciudad. Al principio creí que sus torres se movían por efecto del mareo. Después comprendí que el movimiento era real. Los edificios cambiaban. Una vivienda de ventanas redondas se alargó hasta convertirse en una torre. Una plaza se plegó sobre sí misma y desapareció detrás de una hilera de columnas. Un palacio de cúpulas doradas se disolvió como humo y reapareció mucho más lejos, suspendido sobre cuatro arcos gigantescos.
La ciudad respiraba. Sus calles se estrechaban y ensanchaban. Las escaleras cambiaban de dirección. Los puentes se curvaban como lomos de animales dormidos. Hombres y mujeres me observaban desde las puertas. Vestían túnicas de vivos colores, chalecos de escamas metálicas y velos adornados con pequeñas campanas. Algunos poseían ojos completamente negros; otros llevaban tatuadas en el rostro constelaciones que se desplazaban lentamente sobre la piel.
Nadie hablaba.
Me incorporé. El silencio se quebró.
—Un caído —susurró una anciana.
—No —respondió un mercader gordo—. Mirad sus ojos. Conserva la luz exterior.
Una niña dejó caer un cuenco.
—Es un Despierto.
La palabra corrió de boca en boca.
Despierto.
Los habitantes retrocedieron.
Una campana comenzó a sonar en algún lugar de la ciudad. Era un sonido grave, desacompasado, como si el bronce tuviera un corazón propio.
Un hombre señaló mi mano. Aún sostenía la llave negra.
—¡La llave de Ildhúr!
La multitud huyó. No tuve tiempo de preguntar.
Las sombras salieron de las paredes.
Primero fueron simples manchas. Luego adquirieron volumen y forma. Criaturas altas y encorvadas, envueltas en jirones oscuros, se desprendieron de las fachadas. No tenían rostro. En el lugar de la cabeza solo había un hueco por el que podía verse un cielo sin estrellas. Una de ellas extendió los brazos hacia mí. Sus dedos eran agujas.
Me aparté de un salto.
El movimiento me sorprendió tanto como a la criatura. Recorrí varios pasos de una sola zancada, choqué contra un puesto de frutas plateadas y arranqué de su soporte una barra de madera.
La primera criatura se abalanzó sobre mí. Golpeé.
La barra le atravesó el pecho. No encontré carne ni huesos, solo una resistencia fría, como agua convertida en noche. El ser emitió un gemido y su cuerpo se deshizo en una nube de ceniza.
Otros tres acudieron.
Me moví por instinto. Mi cuerpo conocía capacidades que mi mente ignoraba. Esquivé un brazo, giré sobre mí mismo y derribé a una criatura. Partí la barra contra el hombro de otra. La tercera me arañó el costado y sentí que la herida absorbía el calor de mi sangre.
Entonces sonaron cascos. Una docena de jinetes apareció al final de la calle. Montaban animales semejantes a grandes felinos sin pelo, cubiertos por armaduras de bronce. Los soldados empuñaban lanzas rematadas por medias lunas.
Delante de ellos cabalgaba una mujer.
No llevaba yelmo. Su cabello, negro y espeso, caía en una trenza hasta la cintura. Vestía una coraza de escamas rojas que se ceñía a su torso y dejaba desnudos los hombros. Bajo una falda abierta de cuero oscuro asomaban unas piernas poderosas protegidas por grebas de plata.
Era hermosa. No con la belleza delicada de las figuras pintadas, sino con la belleza peligrosa de una espada recién desenvainada.
Sus ojos eran dorados.
La mujer se incorporó sobre la silla, tensó un arco y disparó tres flechas con tal rapidez que parecieron una sola. Cada proyectil atravesó la cabeza vacía de una criatura.
Los seres se deshicieron.
La amazona desmontó. Al llegar ante mí, desenvainó una espada curva y apoyó la punta bajo mi barbilla.
—Arrodíllate.
Su voz no era alta. No necesitaba serlo.
Miré a los soldados que nos rodeaban. Después contemplé el filo.
—No.
La sorpresa iluminó fugazmente sus ojos. Presionó la espada. Una gota de sangre descendió por mi cuello.
—En esta ciudad —dijo—, todos se arrodillan ante Zaelira, hija de Arkhavel.
—Entonces será una experiencia nueva para los dos.
Uno de los soldados soltó una carcajada, pero la reprimió de inmediato. Zaelira sonrió. Fue una sonrisa lenta, sin alegría.
—Atadlo.
(continuará)

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