Miro el reloj y empiezo a hacerme a la idea de que perderé allí toda la mañana. Doy unos pasos y atravieso largos pasillos hasta que doy con una puerta blanca en la que no aparece más que un número. Un pequeño rótulo debiera indicar el nombre del titular, pero nada de nada, y la pregunta se hace inevitable, necesaria: ¿es aquí el doctor X? —Sí, aquí es—, me contesta la desconocida persona a la que de improviso he interrumpido en sus pensamientos. Por un segundo, el resto de la concurrencia me ha escrutado; luego ha proseguido su habitual compostura.
Las sillas de la sala de espera están medio llenas. Me siento. Pasa el tiempo. He agotado todas las posturas posibles que uno puede adoptar. La vista ha recorrido una y otra vez las caras de los allí presentes. El panorama es variado, diferente y hasta divertido: una mujer de avanzada edad, arrugada y fea como pocas, escuálida y medio paralítica. A su lado, y en grotesco contraste, una señora voluminosa, exageradamente gorda, oronda en su mantecosa presencia. El anciano que está sentado junto a mí no carraspea; parece querer echar la bilis: a cada momento enrojece su rostro y su cuerpo se sacude en brutales espasmos, tales y con tanta frecuencia que llega a ponerme nervioso. A su lado, charlando con él en los intervalos que la tos frenética le permite, una mujer de mirada bovina y con un pronunciado tic nervioso en los ojos y la boca. Un poco más lejos está sentada una mujer con varios críos jugueteando a su alrededor. Su rostro ha perdido ya las no tan lejanas huellas de la juventud. Expresión cansada e irritada. Los chavalillos chillan y corren de un lado a otro, tropezando con las piernas de los allí sentados. Su madre les reprende a cada momento, si bien es cierto que con poco éxito. El más pequeño de los dos, un rubito pecoso y saltarín, se acerca a la puerta blanca y, agachado, mira por debajo de ella con el inocente objetivo de satisfacer su curiosidad. Aquel gesto espontáneo y atrevido sorprende a algunos, mientras que nos hace sonreír a la mayoría. Dos mujeres de mediana edad parlotean como cotorras; la conversación que mantienen —cotilleos e indiscreciones vecinales y familiares— es compartida por todos, tal es el tono de sus voces, entrecortadas además por las sucesivas y atropelladas intervenciones de ambas contertulias. Una joven de mi edad acaba de atravesar ante la concurrencia, y ha sido escudriñada por decenas de ojos, más si cabe por la nutrida representación masculina, pues la moza estaba verdaderamente de buen ver. ¿Qué extraño mal le aquejaría?, me he preguntado morbosamente. He seguido sus reacciones durante un rato y he comprobado parecido comportamiento al mío: cansancio y un cierto aire de incomodidad y «cuelgue».
La sala está llena y sigue llegando más gente. El silencio de los primeros momentos ha sido sustituido por un barullo de voces, risas, lloros y toses, conformando una extraña y a veces desagradable sinfonía. En todo aquel ambiente se percibe un fuerte olor a desinfectante, a humedad, a calentura y algunos otros indescriptibles. Por fin ha venido el flamante facultativo, trajeado y con su rimbombante compostura, y ha atravesado sin saludar la sala hasta llegar a la puerta blanca. Al rato ha salido otro doctor, que al parecer había finalizado su consulta y ha abandonado a toda prisa el edificio. Al poco han comenzado a desfilar los concurridos: enfermizos, débiles, hipocondríacos, maniáticos y demás fauna abundantísima, por otra parte, que poblamos este planeta. La puerta se abre y se cierra con cierta rapidez. Los números —que no personas— son despachados con un automatismo desprovisto de todo tinte humano. Mero trámite. La mayor parte sale de aquella inmaculada puerta provista de uno o varios papeles que serán canjeados en la farmacia más próxima por extrañas pócimas, jarabes, píldoras con las cuales curar los males de esa inmensa legión de enfermos que invade, un día sí y otro también, los consultorios de la Seguridad Social. Algunos sonríen satisfechos, porque confían en que la nueva curandería, los brujos modernos, pongan fin a sus dolencias más o menos reales o imaginarias; otros temen, están casi seguros de que dentro de muy poco volverán a visitar esas frías salas, perdiendo mañanas, consumiéndose en la larga agonía de una enfermedad más o menos grave.
La sala se ha quedado casi vacía cuando he salido de mi fugaz encuentro con el doctor X. El tiempo justo para entrar, saludar y relatar breve, sucintamente, mi cuadro clínico. Unos segundos, y el señor vestido de blanco ha empezado a tirar de talonario —de recetas, que no de cheques—, comentándome a la par que mi sintomatología es de lo más normal, una simple afección gripal, cito sus palabras, que desaparecerá en el plazo de dos o, a lo sumo, tres días. He salido con la sensación de ser una mera pieza en una larguísima cadena, una pieza con un número que se revisa superficial y automáticamente, como en una cadena de montaje de una fábrica cualquiera, y que se expide, se almacena, se maneja o se tira a la basura.
Abandono el consultorio y a esas pocas personas que permanecen resignadas desde primeras horas de la mañana, soportando una interminable espera. Abandono el sudor y el cansancio almacenado durante horas y me dirijo al fresco ambiente de la calle. Sigo sintiéndome mal, peor, pero tranquilo: no es nada, no es por esa afección —afectada terminología de facultativos que nos hablan en jerga incomprensible, cuando a un dolor de cabeza le llaman cefalea, a una diarrea veraniega, colitis, y a algunas averías funcionales, síndrome de tal—. Se debe, con toda seguridad, a esta larga espera.
Pamplona. julio 1984

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