Ya se oyen en el silencio nocturno, sobre el asfalto,
los pasos del eterno caminante.
Encorvada figura anónima.
Eres uno y todos los hombres que en la tierra, cada día,
bajo las estrellas, cada noche,
viven y sienten el latir de la tierra madre bajo sus pies.
Desconocido en todos los lugares por los que pasas,
extranjero en ninguno,
tu patria es la Tierra,
tu pueblo la Humanidad.
Ignoro tu destino,
también tu procedencia.
Yo soy ese desconocido caminante,
que llega incluso a desconocerse a sí mismo.
¡Extraña paradoja!
Tiemblan en mi mente algunos pensamientos.
La carretera larga se pierde en el horizonte sin fin.
Algún día llegaré, pienso.
¿A dónde?
Largo silencio.
Tiemblan cada una de las ramas
de cada uno de los árboles,
de cada uno de los montes de esta tierra;
tiembla la tierra como un corazón gigante, inmenso.
El alba.
Un pueblo.
Desordenado conjunto de casas ocre,
alcázares de miseria,
palacetes de cristal.
Sobre las calles crece la hierba;
en medio, una zarza roja;
junto a esta, un ramo de flores azules…
Y la gente?.
Duerme, quizás.
Los portones están cerrados: madera y hierro enmohecidos.
Cubiertas de polvo, las ventanas cerradas.
Silencio.
Triste tañir de campanas. ¿Dónde?
Al otro lado del valle, una pequeña ermita.
Mortuorio sonido.
La luz blanquecina del amanecer ilumina una vez más aquellas fantasmales casas.
El pueblo se pierde atrás.
Sobre una loma, un cerro suavemente dibujado,
a un lado de la carretera,
a cierta distancia de aquella desolada aldea,
una gran casa, una mansión.
Paredes de piedra, sobriedad en las líneas, recortadas sobre el contorno.
He abierto con facilidad, con solo un leve empujón, la carcomida puerta que jalona el umbral y que todavía parece guardar antiguas reminiscencias señoriales.
Un suave chirrido ha estremecido la quietud de la mañana:
goznes crujientes, dormidos en su herrumbre por el abandono de este extraño lugar.
Un tufillo a humedad y polvo, y a otros olores que no acierto a desentrañar, puebla el ambiente.
Oscuridad rota de repente por la blanquecina luz que entra por el hueco de la puerta que acabo de abrir.
Una telaraña sorprende con su cosquilleo al golpear mi rostro.
Poco a poco la penumbra se diluye, permitiendo la visión, al menos superficial, de lo que en el interior de aquella mansión ha dormitado por los siglos de los siglos.
Alguna silla caída sobre el suelo de madera.
Las desnudas paredes, sin ornamento alguno.
¡Qué sensación de soledad, de vacío, de desolación!
Nada.
La casa deshabitada.
He vuelto a cerrar la puerta con triste sonido,
como quien cierra un sepulcro,
como no queriendo romper el sueño de aquellos muros,
que volverán a dormir en la oscuridad, de nuevo, por tiempo inmemorial,
hasta que llegue un día otro caminante,
algún curioso,
unos niños
—¡quién sabe quién!, ¡quién sabe cuándo!—
a este lugar olvidado del mundo, inexistente.
La luz del alba ilumina un poco más aquel sombrío y solitario paraje…
el caminante se pierde de pronto,
desaparece en la nada,
como si en realidad nunca hubiese existido.
Silencio.
Pamplona. Mayo 1982
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