lunes, 17 de agosto de 2026

Amanecer en Castilla

Estoy despierto. La luz de la mañana penetra entre las estrechas rendijas de la persiana aún cerrada. Oigo el canto del gallo y el cacarear de las gallinas, junto a la ventana de la habitación que comparto con mi abuelo, ya que el corral se encuentra al lado. Un nuevo día ha amanecido. En casa todavía nadie se ha levantado. Mientras tanto reflexiono sobre mi recién llegada, ayer, a estas tierras castellanas, y pienso que esta llanura inmensa, este cielo infinito, esos árboles solitarios que bordean el Canal, esos pueblos que mires donde mires divisas en el horizonte, todo ello guarda una belleza especial para mí.

Enseguida me levantaré y, tras desayunar, cogeré la bicicleta azul de mi tía para darme una vuelta por los alrededores, aprovechando la frescura de la mañana. Justo delante de la casa, y un poco a la derecha, se encuentra la iglesia de Santa Eufemia y su torre exenta. Y a la salida del pueblo, el Palacio de Ruiz Girón, que fue residencia de la reina Berenguela cuando abdicó en su hijo, el rey Fernando III el Santo, que unificaría los reinos de Castilla y León. Disfrutaré de las largas carreteras solitarias, de las conversaciones con los lugareños, de estos paisajes únicos, con sus casas de adobe y sus palomares, sus torres eclesiales milenarias. Aquí el ritmo de la vida es diferente, más lento y contemplativo.

A mi recuerdo llegan, en ese momento del despertar, imágenes del pasado, de otro pueblo cercano a Autillo, situado a cuatro kilómetros: Fuentes de Nava, el pueblo de mi familia. Recuerdo su plaza principal, con sus bancos de colores, la iglesia de San Pedro con su esbelta torre que se erige y se eleva hacia el cielo azul, perfilándose como un agudo estilete entre el resto de las casas, como un baluarte en medio de la vasta llanura castellana.

A mi recuerdo llega también una estrecha y retorcida calleja, antes pedregosa, ahora pavimentada de cemento, y al final de aquella, en un recodo, la casa de los abuelos, grande para mí en aquellos lejanos años de la infancia: su puerta roja, pesada, claveteada, con aquel agujero en medio —tal vez imagino fantasiosamente que de un disparo de fusil— que servía como mirilla; el suelo del pasillo que ascendía a las habitaciones, cubierto de baldosas rojas; la pequeña cocina, a un lado el fogón con su ancha chimenea, al otro la mesa en la que nos juntábamos a comer toda la familia.

Y, en medio de aquella estancia, una puerta que llevaba al corral y que, al abrirse y cerrarse, emitía siempre un suave chirrido. Y los gatos, aquellos pequeños animalillos que, al verme, huraños, se escondían o subían escaleras arriba a la lóbrega panera, oscura, donde tan escasas veces pude subir.

Recuerdo aquel pasillo que subía a las habitaciones, y aquellos escalones tan altos para mí. ¡Cuántas imágenes se amontonan en mi cabeza!, ¡cuántos años ya de aquello!

Hoy, de nuevo, estoy aquí, en esta tranquila Tierra de Campos, un lugar que invita a la reflexión, a la lectura sosegada, a la escritura, como estoy haciendo en estos momentos, transcribiendo mis primeras sensaciones.

Alguien entra en la habitación y abre las ventanas de par en par, por las que se introduce ahora una deslumbrante claridad.

Autillo de Campos. Agosto 1982.

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