jueves, 20 de agosto de 2026

La mujer de la laguna

Hay lugares que parecen guardar memoria. No hablo de esa memoria que queda escrita en los libros o grabada en las piedras de una iglesia, sino de otra más antigua y misteriosa; una memoria sin palabras que duerme en los caminos, en los árboles, en las aguas quietas, y que algunas noches, cuando el viento calla y la tierra entera parece escuchar, despierta. La laguna de la Nava es uno de esos lugares.

Quien la haya visto en verano, abrasada por un sol implacable, con la zona casi desecada, difícilmente podrá imaginar el aspecto que ofrece al llegar las estaciones lluviosas. Entonces las tardes se vuelven breves, los cielos adquieren una transparencia triste y una ligera neblina comienza a levantarse sobre la laguna.

El Canal de Castilla discurre no muy lejos, silencioso entre chopos y álamos. Sus aguas, oscuras al caer la tarde, parecen inmóviles bajo las viejas esclusas. Algún pájaro cruza de cuando en cuando sobre ellas. Después todo vuelve a quedar quieto, demasiado quieto.

Fue allí donde ocurrió esta historia. O, al menos, allí aseguran que ocurrió.

Yo la escuché hace muchos años de labios de un anciano de Fuentes de Nava que había conocido al protagonista cuando todavía era niño.

—No sé si creerá usted estas cosas —me dijo antes de comenzar—. Yo tampoco las creía. Pero hay noches en que se oye cantar desde la laguna, y entonces procuro cerrar la ventana.

Sonrió. Sin embargo, en sus ojos no había sonrisa alguna.Y comenzó a contarme.


Se llamaba Gabriel  de Alvarado. Era el último descendiente de una familia que durante generaciones había poseído tierras en aquella parte de Tierra de Campos. Había estudiado en Valladolid y vivido algunos años en Madrid, pero la muerte de su padre lo obligó a regresar a la vieja casa familiar, situada en el pueblo de Abarca de Campos.

Tenía entonces veintisiete años. Quienes lo conocieron hablaban de él como de un joven extraño. No era orgulloso, aunque algunos lo creyeran así, ni desdeñoso. Simplemente parecía vivir siempre con una parte de sí mismo en otro lugar.

Le gustaba cabalgar solo. A veces seguía los caminos próximos al Canal; otras se internaba por los campos hasta Fuentes de Nava y regresaba cuando ya había anochecido. Podía permanecer horas contemplando una puesta de sol o escuchando el viento entre los carrizos.

Su madre solía decirle:

—Gabriel, acabarás enamorándote de una nube.

Él se reía.

—Las nubes, madre, al menos no engañan a nadie. Sabemos que están hechas para desaparecer.

Tal vez aquella frase encerraba más verdad de la que entonces imaginaba.


Sucedió a finales de octubre. Había llovido durante varios días y la tierra desprendía ese olor profundo y húmedo que precede al invierno. Las aves comenzaban a reunirse en las zonas encharcadas de La Nava, y sobre la llanura se extendía al anochecer una niebla tenue.

Gabriel regresaba de Fuentes. No tenía prisa. Dejó atrás las últimas casas y tomó uno de aquellos caminos que atravesaban los campos en dirección a Abarca. El día había sido gris, pero hacia poniente se había abierto una franja entre las nubes y una claridad rojiza iluminaba el curso del Canal.

Fue entonces cuando la vio. Al principio creyó que era una muchacha del pueblo. Estaba de pie junto al borde de la laguna. Llevaba un vestido blanco.

Aquello resultaba extraño. Hacía frío, y ninguna mujer de la comarca habría permanecido allí vestida de aquella manera. Gabriel detuvo el caballo. La joven tenía la espalda vuelta hacia él.

Sus cabellos, muy largos y oscuros, caían sobre sus hombros. No llevaba mantón ni capa. Permanecía inmóvil, contemplando el agua.

—¡Señorita!

La muchacha no respondió. Gabriel desmontó. Avanzó unos pasos.

—¿Se encuentra bien?

Ella volvió lentamente la cabeza. Gabriel se detuvo. Durante el resto de su vida —que no habría de ser muy larga— intentó explicar aquellos ojos. Nunca pudo. Decía que eran grises algunas veces y verdes otras; que tenían el color de la laguna cuando el cielo está cubierto y, sin embargo, parecía arder dentro de ellos una luz imposible.

La joven sonrió.

—Hace mucho tiempo que nadie me pregunta eso.

Su voz era baja y armoniosa.

—¿Vive usted cerca?

Ella miró hacia la llanura.

—Sí.

—¿En Fuentes?

Negó con la cabeza.

—Más cerca.

Gabriel contempló alrededor. No había casa alguna.

—¿En Abarca?

La muchacha volvió a sonreír.

—Más cerca todavía.

Entonces señaló la laguna. Gabriel creyó que bromeaba.

—No debería permanecer aquí. Está anocheciendo.

—Yo siempre estoy aquí cuando anochece.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Sobre las aguas comenzó a levantarse la niebla. Un grupo de aves pasó volando sobre ellos.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Gabriel.

La muchacha dudó.

—Elena.

—Yo soy Gabriel.

—Ya lo sé.

Él la miró sorprendido.

—¿Me conoce?

Ella apartó los ojos.

—Todo el mundo conoce a los Alvarado.

La explicación parecía razonable. Sin embargo, Gabriel sintió un leve escalofrío


Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Durante una semana recorrió al anochecer los alrededores de la laguna sin encontrarla. Comenzaba a creer que aquella muchacha había sido una ilusión cuando, la octava noche, volvió a verla. Estaba sentada entre los carrizos.

Gabriel corrió hacia ella.

—¡Elena!

La joven levantó la cabeza.

—Sabía que volverías.

Aquella vez hablaron durante horas. O eso creyó Gabriel. Porque cuando regresó a casa eran casi las doce y habría jurado que apenas había permanecido unos minutos junto a ella.

Desde entonces comenzaron a encontrarse. Siempre al caer la tarde. Nunca por la mañana. Nunca lejos del agua.

Gabriel quiso saber dónde vivía, quiénes eran sus padres, por qué jamás la veía en Fuentes ni en Abarca. Elena evitaba responder.

—¿Qué importancia tiene?

—Toda.

—¿Por qué?

Gabriel callaba. Todavía no se atrevía a pronunciar la palabra. Pero ambos la conocían.


Llegó noviembre. Los árboles próximos al Canal habían perdido casi todas sus hojas. El viento recorría la llanura y las noches se hicieron más frías. Gabriel pasaba cada vez más tiempo fuera de casa. Su madre comenzó a inquietarse.

—¿Dónde vas todas las tardes?

—A cabalgar.

—Regresas a medianoche.

—Pierdo la noción del tiempo.

—Eso me preocupa precisamente.

Una noche, mientras cenaban, la mujer lo observó detenidamente.

—Hay alguien.

Gabriel bajó la mirada.

—¿Una muchacha?

No respondió.

Su madre sonrió.

—¿De Fuentes?

—No.

—¿De Abarca?

—Tampoco.

—Entonces ¿de dónde?

Gabriel permaneció unos instantes en silencio.

—No lo sé.

La sonrisa desapareció del rostro de su madre.

—¿Cómo que no lo sabes?

Gabriel se levantó.

—No importa.

Pero importaba. Y él comenzaba a comprenderlo.


Pocos días después decidió preguntárselo directamente.

Aquella tarde el cielo estaba cubierto y un viento helado agitaba las aguas. Encontró a Elena en el lugar acostumbrado.

—Dime dónde vives.

Ella guardó silencio.

—Elena.

—No quieras saberlo.

—Necesito saber quién eres.

La joven lo miró. Por primera vez Gabriel descubrió tristeza en sus ojos.

—¿No te basta con saber que te espero?

—No.

—¿Y que soy feliz cuando vienes?

—Tampoco.

—Entonces los hombres sois más desgraciados de lo que pensaba. Siempre queréis poner un nombre a aquello que amáis.

Gabriel tomó sus manos. Estaban heladas.

—Te amo.

Elena cerró los ojos. El viento pareció cesar. Hasta los carrizos dejaron de moverse. Cuando volvió a abrirlos había lágrimas en ellos.

—No debías haber dicho eso.

—¿Por qué?

—Porque ahora será más difícil.

—¿Qué será más difícil?

Ella se soltó de sus manos.

—Olvidarme.

Gabriel rió amargamente.

—No pienso olvidarte.

—Lo harás.

—Nunca.

—Todos olvidan.

—Yo no.

Elena lo contempló largo rato. Después se acercó y apoyó la frente sobre su pecho.

—Entonces eres tú quien me da miedo.


Al día siguiente Gabriel acudió a verla.

No estaba.

Tampoco apareció la noche siguiente. Ni la otra. Pasaron siete días. Después diez.

Gabriel dejó de comer. Apenas dormía.

Recorrió los caminos próximos a la laguna, preguntó discretamente en Fuentes, habló con pastores, agricultores, gentes que trabajaban en las cercanías del Canal.

Nadie conocía a ninguna Elena que respondiera a su descripción.

Finalmente, un viejo guarda lo miró de una manera extraña.

—¿Dice usted que lleva vestido blanco?

—Sí.

—¿Y que aparece al anochecer?

Gabriel sintió que algo se agitaba dentro de él.

—¿La conoce?

El anciano se persignó.

—No.

—Está mintiendo.

—Déjelo, señor Gabriel.

—¿Quién es?

El guarda volvió la cabeza hacia la laguna.

—Pregunte en Fuentes por Elena de Villacorta.

—¿Quién era?

El viejo corrigió:

—Quién fue.


Gabriel llegó a Fuentes cuando ya oscurecía. Encontró la respuesta en casa de una anciana de más de ochenta años. Cuando pronunció el nombre, la mujer dejó caer el huso que tenía entre las manos.

—¿Quién le ha hablado de ella?

—¿La conoció?

—Sí —respondió la anciana—.Yo era dos años mayor que ella.

Gabriel sintió que la habitación comenzaba a darle vueltas.

—Cuéntemelo.

La anciana se resistió. Pero acabó hablando. Había sucedido casi sesenta años antes.

Elena de Villacorta era hija de un pequeño propietario de Fuentes. Tenía diecinueve años y, según decían, era una de las muchachas más hermosas de toda la comarca.

Se había enamorado de un joven de Abarca. Un Alvarado.

Gabriel palideció.

—¿Cómo se llamaba?

La anciana lo miró.

—Fernando.

Era el hermano menor de su abuelo. Gabriel conocía aquel nombre. Había un retrato suyo en la casa familiar: un joven vestido de negro que había muerto antes de cumplir treinta años.

—Continúe.

Fernando y Elena se encontraban en secreto cerca de la laguna. La familia Alvarado se opuso al matrimonio. Habían preparado para él una boda más conveniente. Fernando prometió a Elena que se enfrentaría a todos. Pero no lo hizo. Una mañana partió hacia Valladolid. No regresó. La boda de conveniencia se celebró seis meses después. Elena esperó durante todo aquel tiempo. Cada tarde acudía a la laguna. Hasta una noche de diciembre. Nunca regresó a casa. Encontraron su mantón entre los carrizos. Su cuerpo jamás apareció.

Gabriel apenas podía respirar.

—Eso ocurrió hace sesenta años.

—Sí.

—Es imposible.

La anciana se inclinó hacia él.

—Hay cosas que no saben que son imposibles.


Gabriel regresó a la casa familiar. Subió directamente al desván. Buscó durante horas entre papeles antiguos hasta encontrar una caja que había pertenecido a Fernando de Alvarado. Dentro había cartas. Docenas. Todas escritas por una misma mujer. Elena. Gabriel leyó hasta el amanecer.

Las últimas cartas eran cada vez más breves.

He vuelto a esperarte.

Hoy tampoco has venido.

Dicen que vas a casarte.

No lo creo.

Y finalmente una última hoja. Solo contenía una frase:

Si algún día vuelve un Alvarado a buscarme, quizá pueda terminar lo que nosotros dejamos sin concluir.

Gabriel dejó caer el papel. En aquel mismo instante escuchó algo. Un canto. Muy lejano.

Venía de la llanura.


Salió de casa sin ponerse siquiera el abrigo. La noche era fría y clara. Había luna. Corrió hacia la laguna. Cuando llegó, Elena lo esperaba.

Vestía de blanco.

La niebla se arremolinaba alrededor de sus pies.

—Ya lo sabes —dijo.

Gabriel se detuvo ante ella.

—Tú eres aquella mujer.

—Sí.

—Estás muerta.

Elena sonrió tristemente.

—Desde hace mucho tiempo.

Gabriel sintió miedo. Por primera vez desde que la conocía sintió verdadero miedo. Retrocedió un paso.  Elena lo vio. Y aquel gesto debió de herirla más que cualquier palabra.

—No temas. Nunca te haría daño.

—¿Por qué yo?

—Porque tienes sus ojos.

—¿Los de Fernando?

—Al principio creí que eras él.

Gabriel sintió una punzada de celos absurda.

—Entonces no me quieres a mí.

Elena lo miró sorprendida.

—Al principio esperaba a Fernando.

Se acercó.

—Después empecé a esperar a Gabriel.


Permanecieron juntos hasta que comenzó a clarear el horizonte. Elena le explicó entonces aquello que ni ella misma comprendía.

No podía alejarse de la laguna. No podía ver el sol. No sabía dónde permanecía durante el día ni cuántos años habían pasado desde su muerte. Para ella el tiempo era una sucesión de noches iguales.

—He visto cambiar los caminos —dijo—. He visto desaparecer casas y crecer árboles. He visto niños convertirse en ancianos. Algunas veces pasan años sin que nadie pueda verme.

—¿Por qué yo sí?

—No lo sé.

Gabriel tomó su mano. Seguía fría.

—Ven conmigo.

Elena negó con la cabeza.

—No puedo.

—Lo intentaremos.

—No puedo cruzar el camino del Canal.

—¿Por qué?

—Porque más allá comienza el mundo de los vivos.

Gabriel apretó su mano.

—Entonces me quedaré aquí.

Elena lo miró horrorizada.

—No.

—Vendré todas las noches.

—Eso sería peor.

—¿Por qué?

—Porque llegará el día en que tendrás cincuenta años. Después sesenta. Y yo seguiré teniendo diecinueve.

Gabriel sonrió.

—Entonces podrás ver cómo envejezco.

Elena comenzó a llorar.

—Eso es precisamente lo que no quiero ver.


El invierno cayó sobre Tierra de Campos. Llegaron las heladas. Las mañanas amanecían blancas y el hielo cubría algunos remansos del Canal.

Pero Gabriel continuó acudiendo cada noche.

Su aspecto comenzó a cambiar. Adelgazó. Sus amigos dejaron de verlo. Su madre, desesperada, intentó impedirle salir. Una noche cerró con llave la puerta principal. Gabriel escapó por una ventana. Nada podía detenerlo. El amor verdadero se parece algunas veces demasiado a la locura. Y quizá no sean cosas tan distintas.


Llegó diciembre. Una noche comenzó a nevar. No fue una nevada intensa. Apenas unos copos lentos que desaparecían al tocar el agua. Gabriel encontró a Elena junto a la orilla. Parecía más pálida que nunca.

—Esta fue la noche —dijo ella.

—¿Qué noche?

—La noche en que morí.

Gabriel comprendió.

—Ven.

Elena caminó hacia el agua. Gabriel la siguió.

—¿Dónde vas?

—Hay algo que debes ver.

La superficie estaba oscura. Elena entró en la laguna. El agua no parecía mojar su vestido.

—No sigas.

Gabriel avanzó. El agua llegó hasta sus botas.

—Gabriel.

Él continuó.

—¡Detente!

El agua alcanzó sus rodillas. Entonces Elena regresó rápidamente y lo empujó hacia la orilla.

—¿Qué haces?

—Ir contigo.

—¡No!

—No pienso perderte.

Ella lo abrazó.

—Escúchame. Yo morí porque confundí el amor con no poder vivir sin alguien. No quiero que tú cometas el mismo error.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Volver a casa? ¿Casarme? ¿Tener hijos? ¿Envejecer mientras pienso cada noche que tú sigues aquí?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Gabriel la miró con desesperación.

—Eso sería peor que morir.

—No. Eso sería vivir.


Durante unos segundos solo se oyó el viento.

Después Elena lo besó. Fue un beso leve. Frío. Tan frío como la primera nieve.

Gabriel cerró los ojos. Y en aquel instante creyó escuchar algo imposible: campanas lejanas, voces, pasos sobre un camino que ya no existía.

Cuando volvió a abrirlos, Elena estaba alejándose.

—¿Adónde vas?

Ella no respondió.

—¡Elena!

El agua comenzó a envolverla. Gabriel quiso correr hacia ella, pero sus piernas no obedecieron.

—¡Elena!

La muchacha volvió la cabeza por última vez. Y sonrió.

—Ahora ya sé por qué tuve que esperar tantos años.

—¿Por qué?

—Para aprender a despedirme.

La niebla cubrió entonces la laguna.

Gabriel avanzó a ciegas.

—¡Elena!

No obtuvo respuesta. Solo escuchó el batir de cientos de aves que levantaban el vuelo en la oscuridad.


Gabriel enfermó aquella misma noche. Lo encontraron al amanecer junto a la laguna, inconsciente y cubierto de nieve. Durante varios días tuvo fiebre. Cuando despertó preguntó por Elena. Nadie respondió. Después dejó de preguntar. Pasaron los años. Gabriel no se casó jamás. Pero tampoco volvió a la laguna durante mucho tiempo.

Vendió parte de sus tierras y marchó a Valladolid. Más tarde viajó por Francia e Italia. Regresaba de vez en cuando a la vieja casa de Abarca, aunque nunca permanecía demasiado.

Dicen que se convirtió en un hombre sereno. Incluso alegre algunas veces. Pero cada diciembre, al llegar la fecha de aquella última noche, desaparecía durante unas horas. Nadie sabía dónde iba. Yo creo que sí.


Cuarenta años después, Gabriel regresó definitivamente. Tenía ya el cabello blanco. Una tarde pidió un caballo y salió solo. Tomó el camino de la laguna.

No regresó.

Lo encontraron a la mañana siguiente sentado junto a los carrizos. Estaba muerto.

No había en su rostro gesto alguno de dolor. Al contrario. Parecía sonreír. Y junto a él encontraron algo extraño. Sobre la tierra húmeda se distinguían claramente las huellas de Gabriel. Pero había otras. Pequeñas. Descalzas. Las huellas de una mujer.

Comenzaban junto al agua, llegaban hasta donde estaba el cadáver y regresaban nuevamente hacia la laguna. Después desaparecían.


El anciano de Fuentes terminó aquí su historia. Durante unos segundos permanecimos callados. Fuera había comenzado a anochecer.

—¿Y todavía se aparece? —pregunté.

El hombre miró hacia la ventana.

—Algunas noches.

—¿La ha visto usted?

Tardó en responder.

—Una vez.

—¿Cómo era?

El anciano sonrió.

—Hermosa.

—¿Vestía de blanco?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Nada. Estaba mirando el camino.

—¿Esperaba a alguien?

El viejo negó lentamente con la cabeza.

—Eso pensé primero.

Se levantó y cerró la ventana.

—Pero después comprendí que no.

—Entonces ¿qué hacía?

El anciano volvió hacia mí aquellos ojos gastados por los años.

—Recordaba.

Nunca he olvidado aquella respuesta. Porque quizá existan amores que no vencen a la muerte, como aseguran los poetas. Quizá la muerte sea demasiado poderosa incluso para ellos. Pero hay algo que acaso pueda sobrevivirla.

El recuerdo.

Y todavía hoy, cuando al caer la tarde contemplo desde lejos las aguas de La Nava, mientras la niebla comienza a extenderse sobre los campos y los últimos pájaros cruzan el cielo de Tierra de Campos, recuerdo aquella historia.

A veces me parece distinguir una figura blanca entre los carrizos. Nunca me acerco. ¿Para qué? Hay misterios que dejan de ser hermosos en el instante en que intentamos explicarlos.

Y si alguna noche pasáis por aquellos caminos, entre Fuentes de Nava y Abarca de Campos, y escucháis una voz de mujer cantando junto a la laguna, seguid vuestro camino. No la llaméis. No preguntéis su nombre. Porque tal vez se vuelva.

Y hay miradas que un hombre puede contemplar una sola vez... si quiere continuar perteneciendo al mundo de los vivos.

Fuentes de Nava. 1948. El autor narra sucesos acaecidos sobre todo en los años 1828 y 1888 del S. XIX

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